El trío de
"Edukadores":
Jentsch, Erceg
y Brühl, en la
película que
también revisa,
a su manera,
el pasado
alemán.
«Los Edukadores» («The Edukators», Alemania, 2004, habl. en alemán). Dir.: H. Weingartner. Guión: H. Weingartner y K. Held. Int.: J. Jentsch, S. Erceg, D. Brühl, B. Klaussner.
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Unos jóvenes, entre los que se halla Jule (Julia Jentsch), reparten volantes en la calle denunciando iniquidades tales como la explotación laboral infantil en países asiáticos, hasta que la policía se lleva a rastras a uno entre las protestas de sus compañeros.
Una familia evidentemente adinerada vuelve de vacaciones y, al entrar a su ostentosa casa, se topa con un caos. Tras el horror inicial, descubren que no falta nada y los objetos valiosos que no están a la vista los encuentran intactos en el baño o en la heladera, acompañados de un cartel que dice: «Sus días de abundancia están contados», firmado, «Los Edukadores».
A Jule, que trabaja de camarera, le rescinden el alquiler por incumplir el contrato, así que se muda al departamento que su novio Peter (Stipe Erceg) comparte con su mejor amigo Jan (Daniel Brühl, el hijo piadoso de «Good Bye Lenin»). Lo que ella no sabe, pese a tener los mismos sueños de un mundo mejor, es que Peter y Jan son «Los Edukadores» que entran de noche a casas de ricos «para que no se sientan tan seguros». He ahí la idea creativa, dentro de todo light, que ha encontrado el director alemán Hans Weingartner para vehiculizar el inconformismo de las nuevas generaciones sin héroes ni guías como en otros tiempos, y también sin más violencia que esos actos infantiles. Al menos, en principio.
El problema es que, con Peter de vacaciones en España, Jule y Jan empiezan a intimar más de la cuenta, a punto tal que él le revela las incursiones nocturnas y le muestra la lista de propietarios y domicilios que siguen. Ahí, Jule descubre la mansión de Hardenberg (Burghart Klaussner), un empresario al que ella le debe 100.000 euros por haberle destrozado el Mercedes en un accidente, y convence a Jan de visitarla y desordenarla un tanto. Por un torpe descuido debido a urgencias hormonales, Hardenberg los sorprende, a ellos no les queda más remedio que pedirle ayuda a Peter, y entre los tres deciden secuestrar al dueño de casa. Vale decir, lo que era inconformismo y provocación se convierte en algo mucho más grave.
Lo que sigue es la convivencia entre los jóvenes revolucionarios y el secuestrado, que resulta ser un ex activista juvenil de la generación del '68 convertido al capitalismo, aunque no tanto como para ser tachado de «cerdo» después de todo (o, mejor dicho, en principio). Aunque mucho de lo que ahí sucede es el intercambio de lugares comunes habituales sobre la traición al «inevitable» idealismo de la juventud a la hora del pragmatismo adulto, el director -que indudablemente mira con más simpatía al trío secuestrador que a su víctima- se las ingenia para inmiscuir también por ahí unos apuntes irónicos sobre el ombliguismo, el lirismo superficial y la puerilidad de los primeros (al respecto, las alternativas del ménage à trois juvenil son elementos clave).
En definitiva, un film más liviano de lo que pretende, impecablemente actuado por su notable elenco, y con suspenso bien llevado hacia un final sorpresivo, por no decir tramposo, pero eficaz.
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