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19 de mayo 2006 - 00:00

Macchi tiene, al fin, espacio en Bellas Artes

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«Dolor», una de las obras que integran la primera muestra individual de Aurelio Macchi en el Museo Nacional de Bellas Artes, un justo reconocimiento a su talento y también una buena forma de celebrar sus 70 años en el arte.
Hacía mucho tiempo que a un artista y maestro de la envergadura de Aurelio Macchi le correspondía una muestra individual en nuestro Museo Nacional de Bellas Artes. Importante manera de festejar sus lúcidos 90 años y 70 de actividad en una disciplina abrazada con pasión y un doble reconocimiento ya que la Asociación Amigos ha adquirido directamente del artista una obra para el patrimonio del Museo.

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Se exhiben en el segundo piso y terraza alrededor de 20 esculturas y dibujos correspondientes a los últimos cuarenta años de su producción. Riguroso consigo mismo, no admite concesiones en un hacer que evita lo superfluo y que es fruto de la comprensión de la forma, el espacio y el volumen, el trabajo de la estructura interna y externa, en suma, la esencia de las cosas.

Su figuración está enraizada en los principios geométricos de lo constructivo. No obstante ser, en la mayor parte de los casos, una escultura de gran tamaño, la característica fundamental es el intimismo expresado en la fusión de cuerpos, abrazos, maternidades, figuras yacentes.

Macchi no ha soslayado las figuras de caballos del talante de un Marino Marini, su impronta es gestual en el modelado que, aún en las maderas, resulta similar a la de la arcilla. Admirador y estudioso de los grandes artistas de la escultura de todos los tiempos desde los griegos, Rodin, Zadkine con quien trabajó en París durante dos años y cuyas enseñanzas influyeron en el desarrollo de su obra; Fontana, Yrurtia, entre otros, que a su vez transmitió a generaciones de alumnos. Precisamente son conmovedoras las expresiones de muchos de ellos que agradecen sus enseñanzas, «a pensar desde adentro», su entrega, severidad y calidez, su ética. Hasta fines de mayo.   

  • No bien se ingresa a la sala de la Galería Rubbers (Av. Alvear 1595) hay un aviso que dice: «El autor no asegura que las obras exhibidas sean arte». Se trata de la muestra de Gabriel Salomón (1943), obras 1996-2006, que bien pudiera estar en una bienal de arte contemporáneo bajo el título apropiado de las teorías de Arthur Danto «Después del Fin del Arte» o de algún curador que reflexione sobre «La Duda en el Arte Contemporáneo».

  • El recorrido comienza por «Torres», formas cónicas en chapas de hierro galvanizado, chimeneas, que aluden al 11 de septiembre de 2001 cuando literalmente todas las certezas se hicieron humo. En «Tramas» utiliza una valla de acero cubierta con tiras rasgadas de telas de diversas texturas, anudadas, aparentemente desordenadas, en rojo vibrante, en negro ominoso, en blanco, material con el que Salomón está identificado por su conocimiento de la industria textil. «Corazón-Cerebro», técnicas mixtas sobre papel, collage de vinilo, están enfrentados. Una imagen tomada de un manual escolar sobre los que despliega con gran artesanía una infinita gama de posibilidades combinatorias, por momentos lujosa, que se continúa en la serie «Héroes». Esta, ligada al informalismo pero que elude el carácter «pobre» de los materiales que en general utilizaban los artistas de los '60, grandes formatos, obra gestual y libre, palabra utilizada por el artista cuando se refiere a estos trabajos.

    Desparramados en distintos sectores de la galería hay círculos blancos impresos con la leyenda «Puntos de vista», firmados y fechados. El espectador es así invitado a ubicarse para «experimentar (mirar en derredor y buscar) la mejor perspectiva de no se sabe qué», según Laura Malosetti Costa, autora del texto del catálogo. Finalmente se llega a una serie de cubos en piedra, vidrio, hierro aluminio, mármol, con la inscripción «Lo último en arte» y que el artista entrega a sus amigos, entierra en lugares que le son significativos o lanza al mar, por ejemplo, en el Bósforo, de donde su familia es oriunda. Una muestra cuetionadora desde diversos puntos de vista: lo «novedoso» en arte, un híbrido de la moda, la inversión y la posición socioeconómica, el desmoronamiento de todas las certezas ya mencionado, la recuperación de la memoria, el juego, la razón y los sentimientos, los héroes de la vida cotidiana y sobre todo, la duda respecto a la naturaleza del arte y a un cierto escepticismo sobre su propio hacer.

    Ya en los '70, Harold Rosenberg se refería a la «desdefinición» del arte: «La naturaleza del arte se ha tornado incierta. Es ambigua. Nadie puede decir con seguridad qué es una obra de arte, o lo más importante, qué no es una obra de arte». Hasta el 24 de mayo.

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