En la interesante charla, la creadora sostuvo: “La IA devuelve un espejo construido con los fragmentos que nosotros mismos le dimos”. “Se siente el peso de un contexto que no acompaña. Y aun así, el teatro aparece. Esa obstinación, esa negativa colectiva a dejar de hacer, es quizás la forma más radical de resistencia”.
“Nunca habíamos sido tan visibles y, sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan solos. Hemos perdido la relación con el tiempo y el espacio. No soportamos los procesos. La experiencia dejó de ser algo que nos ocurre para convertirse en algo que producimos, editamos y publicamos”, dice Mariela Asensio, creadora de “La generación cansada”, que se estrena este sábado a las 21 en el Teatro de Pueblo.
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El nuevo espectáculo de la autora y directora combina inteligencia artificial y escena, tensionando la frontera entre lo analógico y lo digital.
Con actuaciones de Cecilia de Paoli, Pablo Toporosi, Caro Wolf, Valentino Alonso, Muriel Sago, Paco Gorriz, Federica Presa, Eug Karla, Cou Molfese, la obra está inspirada en lecturas como La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han, La intimidad como espectáculo de Paula Sibilia y Realismo capitalista de Mark Fisher. Conversamos con Asensio.
Periodista: La obra indaga en la autoexplotación, la pérdida de comunidad, la necesidad de exponer permanentemente la vida privada y la creciente dificultad de establecer vínculos interpersonales en un contexto de hiperconexión, ¿como podés ampliar?
Mariela Asensio: Tomo una premisa que expresa Mark Fisher en Realismo Capitalista: hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Dentro de la cosmovisión que ofrece el capitalismo tardío se suceden una serie de fenómenos de los que es difícil escapar. Y ahí es donde aparecen, como síntomas de una misma enfermedad, la autoexplotación, la pérdida de comunidad y la depresión. Creo que estamos viviendo una época en la que se espectaculariza el yo, al mismo tiempo que estamos profundamente atomizados. En este escenario, los vínculos personales se ven profundamente heridos y cada vez resulta más difícil construir comunidad. La pertenencia se vuelve frágil, efímera, difícil de sostener. La obra problematiza estos modos de ser contemporáneos y se permite, desde el teatro, pensar dentro de ese panorama. No para ofrecer respuestas, sino para hacer visible aquello que solemos naturalizar.
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P.: Que buena esta novedad de incorporar la Inteligencia Artificial como personaje activo, capaz de generar diálogos en tiempo real durante cada función. Como Un poyo rojo que escuchaban radio real e improvisaban… ¿qué más poder decir, cómo se arman estos diálogos?
M.A.: Quise poner la inteligencia artificial en escena del mismo modo en que la incorporo a mi vida: como un agente de consulta que, de pronto, adquiere una entidad difícil de explicar. Como si su carácter maquínico comenzara a hibridarse y se transformara en algo inquietantemente parecido a lo humano. Pero el movimiento también funciona en sentido inverso. Me pregunto hasta qué punto las propias personas nos hemos automatizado: en nuestros gestos, en nuestros vínculos, en los guiones que repetimos sin preguntarnos de dónde vienen. La obra juega en esa frontera porosa entre la máquina y lo humano. Y en ese juego la pregunta no es si la IA se humaniza, sino si nosotros nos damos cuenta de cuándo dejamos de serlo.
P.: ¿La IA es usada como recurso para escribir?
M.A.: No la utilicé para escribir textos dramáticos, sino para intervenir situacionalmente la escena. Los textos surgen de lo humano, pero en íntima relación —por momentos— con mi interacción con la máquina. No es sustitución sino diálogo. Un diálogo asimétrico, extraño, a veces perturbador, en el que ya no siempre es claro quién pregunta y quién responde.
P.: ¿Como es esto de que la IA encarna la voz de la sociedad y hace espejo inquietante de nuestras propias formas de comunicación?
M.A.: La IA no es una inteligencia en sentido estricto, sino una gran procesadora de datos. Enormes cantidades de datos que proveen, nada menos, que los propios humanos. Siempre lo humano y lo vivo están detrás de todo. Incluso para existir, la IA absorbe cantidades masivas de recursos naturales. Teniendo en cuenta esto, es difícil no pensarla como una traducción de lo humano: a veces más certera, a veces más precaria, pero siempre derivada. Siempre segunda.
P.: ¿Como es hacer teatro hoy y como ves la oferta teatral?
M.A.: Lo que sucede a nivel teatral en este contexto es, para mí, extraordinario. Aun en las peores crisis se produce teatro: en los circuitos independientes, en los alternativos, en los comerciales Somos, en ese sentido, verdaderamente indestructibles. Sin embargo, el panorama es aterrador. Los apoyos son casi inexistentes, los recursos cada vez más escasos y la gente la está pasando muy mal. Hace tiempo no veía una crisis como la actual. La oferta es nutrida, como siempre. Pero sostenerla cuesta. En todos los circuitos, con distintas intensidades, se siente el peso de un contexto que no acompaña. Y aun así, el teatro aparece. Esa obstinación, esa negativa colectiva a dejar de hacer, es quizás la forma más radical de resistencia.
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