Susanna
Moncayo:
«Nunca me
gustó ceñirme
a un género.
Me encanta
del barroco a
lo popular, o
de la
vanguardia a
la zarzuela».
"Antonio Vivaldi es el Maradona de la música", define la mezzosoprano Susanna Moncayo. «Su habilidad inventiva, su riqueza musical es inmensa. Siempre sospeché que muchos de aquellos que lo critican, en el fondo, no soportan que su música sea tan accesible y popular, tan agradable para los oídos de todos».
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Hace algo menos de un año, Vivaldi se transformó para Moncayo casi en un miembro más de la familia. Junto con el director de orquesta italiano Francesco Fanna, la mayor autoridad mundial en la interpretación vivaldiana, la cantante argentina fue protagonista de la «presentación en sociedad» de una obra desconocida del «prete rosso», el Salmo en Re Mayor «Dixit Dominus», que ambos estrenaron en América en agosto del año pasado, en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas de Córdoba, junto con la Barroca del Suquía, dirigida por Manfredo Kraemer, el Coro de Cámara de Córdoba y los solistas Graciela Oddone, Lucía Sandoval, Osvaldo Ledesma e Ian Honeyman. Días después, repitieron por única vez en Buenos Aires esa versión en la Basílica de San Francisco.
«La primera interpretación mundial se hizo en Dresden, Alemania, ciudad donde fue descubierta la partitura. De inmediato hubo otras dos ejecuciones, en Bérgamo y Milán, de las que participé, y ahora es el turno de Venecia, adonde concurriré especialmente invitada a la conferencia mundial 'Antonio Vivaldi. Past and future', a la que asistirán los más prestigiosos historiadores, musicólogos, críticos e intérpretes de la actualidad. Allí cantaré el 'Dixit Dominus' en la Iglesia Dei Frari, el día 16 de este mes».
Periodista: Para novedades, los clásicos... ¿Cómo puede ser que una obra de estas dimensiones haya sido descubierta recién ahora?
Susanna Moncayo: No sólo eso. Se presume que existen muchas otras obras de Vivaldi que resta descubrir. Su caso es muy particular. En principio, nunca fue un compositor famoso en vida; la valorización y la fama de Vivaldi son muy posteriores a su época. Y eso se debe, en gran medida, a que después de su muerte un sobrino suyo vendió muchas de sus partituras atribuyéndoselas a compositores más famosos que él, con el único fin de obtener más dinero. Por ejemplo, un contemporáneo suyo. llamado Baldassare Galuppi, era mucho más famoso que él, y muchas de las obras de Vivaldi fueron deliberadamente atribuidas por aquel sobrino a Galuppi, y así como la historia después fue olvidando a Galuppi, también sus obras quedaron a un lado.
P.: Fue el Salieri de Vivaldi...
S.M.: Sí, con la diferencia de que Vivaldi no logró opacarlo en vida. Pues bien, esta obra apareció a nombre de Galuppi en una caja fuerte en Dresden, completamente olvidada, y los musicólogos determinaron fehacientemente que, por su estructura musical, por ciertos pasajes de determinada complejidad, y por sus rasgos de estilo, era imposible que fuera de Galuppi sino que era inconfundiblemente de Vivaldi.
P.: Y en la Argentina se tuvo la fortuna de conocerlo muy rápidamente.
S.M.: Sí, fue algo muy estimulante. Después de Dresden e Italia, no me costó mucho convencer al maestro Fanna, que además tiene parientes en la Argentina, para que el estreno americano fuera en nuestro país, y no en Nueva York, en donde se había pensado en un primer lugar. Además, yo misma me propuse descentralizar ese estreno y hacerlo en Córdoba y no en Buenos Aires, donde recién se cantó a los tres días de su primera interpretación en el país.
P.: ¿Su relación con el teatro Colón como está?
S.M.: Diría que ahora bien. Mi carrera, con todas las ventajas y desventajas que esto supone, ha transcurrido mucho fuera del país. Pero a mí me encanta cantar en Buenos Aires. Este año tengo dos compromisos con el Colón, ambos en septiembre: el 8 un recital de lieder sobre textos de poetas argentinos, y el 25 seré solista en un concierto con la Filarmónica de Buenos Aires.
P.: Y también hará zarzuela.
S.M.: ¡Sí, «Doña Francisquita»! Me encanta ir de Vivaldi a las expresiones contemporáneas de vanguardia, de la música popular a la ópera, y por qué no, también a la zarzuela. No ignoro que, para una cantante, la especialización en un género específico suele ser algo que juega a favor. Pero, afortunadamente, en mi caso no es así, y eso me permite no privarme de cantar cosas que me dan mucho placer, como «Doña Francisquita», que vamos a hacer con Juventus Lyrica en el Avenida.
P.: ¿Y lo contemporáneo?
S.M.: Uno de los proyectos que más entusiasmo me generanes el de «Travesías», que tiene el apoyo de Suiza, y que haré en la Argentina en julio y en enero en aquel país. Se trata de un concierto de música pop contemporánea, que escribió para mí el compositor Simon Ho, y en el que participarán también Jaime Torres en charango y Lorenz Hasler en violín. A Torres no hace falta presentarlo; de Hasler me gustaría decir que es uno de los violinistas más destacados de hoy, forma parte del conjunto I Salonisti, y todo el mundo lo ha visto en «Titanic»: su grupo era el que, en esa película, tocaba a bordo, cuando el barco se estaba hundiendo. Y, en agosto, viajo a París para estrenar una ópera, «Toulouse Lautrec», que compusieron dos argentinos que residen allí, Jacobo Romano y Jorge Zulueta. La cantaré con otros dos grandes cantantes argentinos, el barítono Víctor Torres y un tenor joven, que vive en París, Armando Noguera, a quien veo como el futuro Plácido Domingo.
P.: ¿Qué es lo que más extraña cuando está fuera del país?
S.M.: Tantas cosas... la familia, desde luego. O no encontrar la pizzería «El cuartito» a la salida del Colón. Recuerdo una vez que salí de cantar el Orfeo de Monteverdi y me vio allí un abonado... por suerte, alguien de mucho humor. De las altas cumbres del barroco al griterío de esa pizzería. Dos insustituibles formas de placer...
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