21 de noviembre 2007 - 00:00

Muestrario de oscuras pasiones

Muestrario de oscuras pasiones
«Amor propio» de Carlos Chernov. Alfaguara. Buenos Aires, 2007. 156 páginas

Crímenes, adicciones y humor negro es lo que más abunda en este muestrario de fantasías amorosas que recorre con ironía el lado más oscuro y enfermo de nuestras pasiones.

No todos los relatos que integran este volumen recrean historias de celos, frustraciones eróticas, alucinaciones caníbales o siniestros pactos matrimoniales. También hay lugar para otro tipo de obsesiones, no menos torturantes, como «el mal del lápiz» atribuido a John Steinbeck en «La descomposición del relato», lograda metáfora de un síndrome que Truman Capote definió mejor que nadie: «Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse».

Carlos Chernov, autor de varias novelas («Anatomía humana», «La conspiración china») y de un anterior libro de cuentos «Amores brutales», es hábil en la construcción de tramas que rondan el absurdo o que reflejan estados mentales muy perturbados o a medio camino entre el sueño y la vigilia; tal como sucede con el protagonista de «El borde de la película», quien prefiere aferrarse a su pesadilla con tiburones antes que asumir que uno de sus deudores está ahí, en su cuarto de hotel, asfixiándolo con una almohada. Es un relato muy inquietante y de técnica cortazariana. «El torero hemofílico» -uno de los mejores cuentos de esta colección- introduce al lector en el ambiente taurino de la mano de un supuesto mataor de los años '80 que faenaba a sus toros con deleite orgásmico, aún cuando se le criticaba su estilo «frío y erudito». El tema de la sangre atraviesa toda la narración ligando distintas enfermedades y aficiones, desde el sida y la tauromaquia hasta la abulia vital del protagonista.

Siendo médico psiquiatra y psicoanalista, no es extraño que Chernov dedique varias páginas a personajes acosados por distintos grados de neurosis y psicopatías. Entre ellos, adictos a la droga, como el cocainómano («El turista») que decide emular a Hemingway en el Aconcagua; adictos al cigarrillo y a las mujeres hermosas («Bellezas naturales»); maridos celosos hasta la demencia («La bella del leprosario») y esposas extraordinariamente posesivas como la de «Happy end» que pretende que su cónyuge se haga castrar como una prueba de amor hacia ella.

Este último argumento no resulta del todo creíble pese a los méritos literarios de su autor y lo mismo sucede con «El viejo mandarino» que narra el caso de un alcohólico cuya esposa empieza por prostituirse para mantener el hogar.

En compensación se incluye un relato de notable factura, «El agujero del anillo» que se inicia con «un padre separado sale un fin de semana con sus hijas (...)» para luego derivar en una narración sencilla y pausada que revela la profunda crisis de su protagonista sin necesidad de recurrir a ninguna anécdota extravagante.

Patricia Espinosa

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