7 de diciembre 2000 - 00:00

Notable Jarret tocó para pocos

Actuación de Keith Jarret (piano). Con G. Peacock (contrabajo) y J. Dejohnette (batería). (Teatro Gran Rex, 5 y 7 de diciembre.)


(07-12-00) Keith Jarret hizo un estilo de sí mismo. Formado en la música erudita y en la rigurosa técnica del piano, son esas sus principales improntas. Pero es a la vez un artista de jazz. Ama el período clásico -grabó a Bach, a Mozart y a Händel-; sin embargo, su jazz es de un fuerte romanticismo que ha llevado a algunos a hablar de su parentesco estético con Brahms o con Schumann.

Este músico de piel oscura y aspecto latino no se ha ganado la fama y el prestigio solamente por sus veleidades de estrella internacional; aunque las tiene en abundancia. En todo caso, esos caprichos que ostenta han llegado como consecuencia de ser uno de los artistas de jazz más talentosos de todos los tiempos. En esta segunda visita al país, al frente del mismo trío que en 1994, volvió a demostrar todo lo que es capaz de hacer.

En el ínterin, estuvo tres años inactivo, recluido por un síndrome de fatiga permanente, una especie de surmenage que lo alejó de los escenarios. Ya recuperado, la Argentina volvió a ser uno de los puntos de su gira.

Jarret
sorprende por la belleza de su toque, por el lirismo que se desprende de su manera de su ejecución y por la forma de moverse, como si fuera una anguila que bailotea, se para, emite algunos sonidos guturales y parece divertirse aunque su rostro adusto deja traslucir muy poco sus emociones. Y en ese pianismo, en sus improvisaciones, en la destreza técnica de sus escalas, en sus elecciones armónicas, se va desgranando un estilo propio.

No usa el pedal sino excepcionalmente; en cambio son habituales los «ostinatti» que terminan funcionando como leitmotiven rítmicos y melódicos. Esta vez el repertorio estuvo centrado en su más reciente disco, un doble CD grabado en vivo en el Palacio del Congreso de París en julio del año pasado, con el eje puesto en los «estándares» de Bud Powell, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Cole Porter y Duke Ellington, entre otros.

Si hubiera que elegir un par de temas entre los 15 que hizo en más de dos horas de música -separada en dos tramos con un intervalo de 20 minutos-, habría que detenerse en el comienzo con «Bouncin With Bud» y en «Poinciana», con que concluyó la primera parte.

En cualquier caso, el esquema es similar: exposición del tema, improvisación más o menos libre y reexposición final breve. Pero más que por la razón, la de Jarret es una música que entra por la piel. En consecuencia es más importante el contenido que la forma. Pero sería injusto cerrar el comentario sin hacer una referencia a sus compañeros, dos músicos tan talentosos como él, que se someten disciplinadamente al discurso de su líder sin dejar de ser grandes solistas, y se integran en un total compacto sin desaparecer como individuos.

La atención pasa alternativamente del maravilloso piano de Jarret al estupendo toque de Gary Peacock o a las sutilezas tímbricas de Jack DeJohnette. Ambos, como el director, sorprenden con sus improvisaciones. Y, en rigor, debería entenderse esta formación de trío como un instrumento en sí mismo, ideado por Jarret pero puesto magníficamente en práctica por los tres.

Para el final: una vez más, el alto cachet que pone Jarret para sus actuaciones fuera de los Estados Unidos -disfruta muy poco de los viajes y de tocar lejos de su país-sumado al exorbitante plus local, hicieron que las entradas para estos dos conciertos tuvieran un precio exagerado, inclusive para las grandes capitales de Occidente. Las mejores plateas se cotizaron a $ 120. Y allí hay que buscar la principal causa de la escasa concurrencia que tuvo el Gran Rex (hubo 1.651 personas en una sala de 3.300) para disfrutar de este artista inigualable.

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