Rubén Tizziani: el adiós a un novelista ejemplar

Espectáculos

Autor de "Noches sin lunas ni soles", "El desquite" y la notable "Mar de olvido".

El último jueves, casi silenciosamente, se fue Rubén Tizziani, el “Negro” Tizziani. Su corazón enorme se detuvo en estos días solitarios, irreales, que impidieron a sus amigos ir a darle el último adiós a su largo adiós. Como si hubiese sido otro de esos adioses irreales que dan los amigos, aunque no literario, porque, como él sostenía, la literatura es lo más real que existe. Durante su brevísima enfermedad, una de las preocupaciones que tuvo fue la pérdida del lenguaje. “Un escritor no puede permitirse perder las palabras”, llegó a murmurar poco antes de la despedida.

Las evocaciones que se le dedicaron durante el fin de semana no omitieron destacar su lugar de pionero en la novela policial negra argentina. Y, si bien eso es correcto, la obra de Tizziani fue más allá: en sus magníficas novelas ese género no ocupa un lugar preponderante sino que sus dos títulos más representativos, “Noches sin lunas ni soles” y “El desquite”, ambas llevadas al cine, lo exceden largamente. En 1984, cuando José Martínez Suárez rodó su versión de “Noches…”, con Alberto de Mendoza, Luisina Brando y Lautaro Murúa, dijo: “Filmar la historia de la fuga y pasión de Cairo, el protagonista, es sencillo; lo difícil es ponerse a la altura de la humanidad de los personajes, del libro que les dio vida”.

La mejor novela de Tizziani, aquella de la que él más orgulloso se sentía, “Mar de olvido”, de 1992 -acaso cuando el mercado literario, de histórica miopía, esperaba de él “más policiales negros”- es una prodigiosa historia de inmigración, inspirada en un viaje que se inicia en 1885, cuando su abuelo paterno embarcó en Génova para hacer la América y llegó a Vera, Santa Fe, donde él nació, y termina a fines de la década del 70, cuando el propio narrador llegó a Italia, a conocer el puerto donde comenzó todo.

Escrita a la manera de un concierto polifónico, como un Alejo Carpentier clásico, sin barroquismo, al fin del libro aparece la fecha de su composición: “París, marzo de 1982-Buenos Aires, diciembre de 1989”. La empezó a escribir en su exilio y la terminó siete años y medio más tarde, ya regresado al país. “Pero no me llevó todo ese tiempo”, le confesó al periodista amigo, sentados a la mesa del mismo bar de la avenida Las Heras donde se citaron durante años. “Me demoré tanto porque, en algún momento, le perdí la música. Cada libro tiene su propia música, y si se pierde no se puede seguir. Sólo cuando la reencontré, cuando volví a oírla, pude continuar y terminarla”.

La música fue fundamental en la vida de Tizziani, y no sólo en el ritmo de su prosa sino en su amor por sus géneros favoritos, la ópera y el tango. Es imposible olvidarlo, en un festival de cine de Mar del Plata, al fin de la cena de apertura en el Hotel Hermitage, cantar con su voz de bajo barítono pasajes de Verdi y Puccini. O cuando entraba al Colón o al Avenida para algún “Rigoletto” o “Tosca”, feliz como un chico, acompañado siempre por quien fue su mujer durante más de dos décadas, María de Vedia, a la que amó de manera incondicional.

En cuanto al tango, se dio el gran gusto hace apenas dos años, cuando junto con Gaspar Pouyé al bandoneón cantó, por primera vez en público, en un boliche de San Telmo. Escribió entonces: “La música, el canto fueron mi vocación mucho antes que la poesía y la literatura. Escribí mi primer poema a los quince años, pero canto tangos desde mucho antes. Todavía puedo verme sentado junto a una enorme radio negra, escuchando con una devoción casi religiosa el “Glostora Tango Club”, un programa que todos los días transmitía por Radio El Mundo las actuaciones en vivo de la orquesta de Alfredo De Angelis con sus cantores Carlos Dante y Julio Martel. Casi al mismo tiempo, descubrí a Salgari y Verne, y los libros que contaban aventuras se sumaron a mi pasión por el tango”.

La historia de la literatura, que suele ser injusta con sus mejores hijos -mientras pierde el tiempo en fenómenos coyunturales-, le debe un lugar mayor a Rubén Tizziani, también autor de otros títulos ejemplares como “Los borrachos en el cementerio” (1974) y “Un tiburón de ojos tristes” (2001), sin hablar ya de su vasta trayectoria periodística, donde descolló en la crónica y el aguafuerte. O quizá, más que de injusticia, deba hablarse de incomprensión.

Al regresar de París, Tizziani publicó la novela “Todo es triste al volver” (1983). “Creo que allí empezó un diálogo de sordos”, dijo también al periodista amigo en el bar de Las Heras. “Quizá por culpa del título me llamaron de muchas radios, me hicieron muchas notas, pero todos a la busca de respuestas preestablecidas. Y no, no les pude dar el gusto. Mi novela no era otro testimonio más del exilio, lo que ellos necesitaban, sino la historia de una odisea interior, pero eso parecía no interesarles demasiado”.

El Negro Tizziani se fue y dejó más de una novela inédita y decenas de argumentos. Su última publicación fue la reedición digital de la biografía de su comprovinciano, Alberto Olmedo, al que mucho admiró. “Un poco menos pobres”, se titula. Sin Tizziani, hoy somos todos bastante más pobres.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario