Otro viaje sin rumbo de los jóvenes viejos

Espectáculos

«El viaje de Morvern» («Morvern Callar», G. Bretaña, 2002, habl. en inglés). Dir.: L. Ramsay. Int.: S. Morton, K. McDermott, D. Cadan y otros.

A l comienzo, el cuerpo de un pobre suicida queda iluminado por las lucecitas de un ínfimo arbolito, y esto podría tomarse como un desangelado cuento de Navidad, con toques de humor negro. O como un cuento sobre lo que hacemos con aquello que nos dejan los seres queridos, o que alguna vez quisimos, o por los cuales, acaso, nos dejamos querer. Porque el tipo ha legado ciertas cosas a su novia, y ella las usufructúa a su gusto con una amiga, obviando en varios aspectos la voluntad del difunto.

Como sea, la historia se dispara hacia una moraleja propia de estos tiempos: el tránsito de la pena al goce del momento es cada vez más corto. La mina descubre el fiambre y se va a bailar. Después veremos. En su defensa, podríamos decir que, si bien es muy poco demostrativa, la chica no carece de sentimientos. Simplemente, lleva una existencia vacía, de mera empleaducha sin mayores inquietudes espirituales. Su cuerpo sólo es iluminado por las luces de una discoteca, también ínfima.

Por suerte, la coguionista le adosó una amiga más vivaracha, y le puso otro desenlace. Juntas, las amigas se van a disfrutar un poco de la vida con la plata del finado. Un poco de aturdimiento, un cierto anhelo de otra cosa. Algo irá surgiendo, del contraste relativo entre ambas mujeres, entre el apagado pueblo escocés donde empieza la historia y el luminoso sur de España donde sigue, y entre la muchacha que antes era y la que ahora pudiera llegar a ser.

Algunos le encontrarán un final, si se quiere, feliz. Otros ni se molestarán en llegar al final. Interesan la relativa intriga, los recursos de la puesta en escena, y, sobre todo, la actuación, tipo ansiosa y ausente al mismo tiempo, de
Samantha Morton. Fastidian, en cambio, algunos de esos mismos recursos, lo odioso del personaje y de algunas partes del relato, a tono con su criatura, y lo desganado de la moraleja. La directora Lynne Ramsay, una gorda simpática, y la coguionista Liana Dognini, una linda italiana de muy buen humor, estuvieron en el Festival de Mar del Plata. Eran mucho más entretenidas que su personaje.

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