6 de marzo 2008 - 00:00

Parque pleistocénico: un cambalache fashion

«10.000 AC»:una fantasía concontinuos golpesde efecto,limitadosrecursosnarrativos ydespreocupadaconfusión detamaños deanimales y deépocashistóricas.
«10.000 AC»: una fantasía con continuos golpes de efecto, limitados recursos narrativos y despreocupada confusión de tamaños de animales y de épocas históricas.
«10.000 AC» («10.000 BC», EEUU, 2008, habl. en ingl.); Dir.: R. Emmerich; Guión: R. Emmerich, H. Kloser, J. Orloff, M. Sand, R. Rodat; Int.: S. Strait, C. Belle, C. Curtis, O. Sharif , T. Barlow, M. Hammond, M. Zainal.

Según memoriosos, hace unos veinte años, en el Instituto Goethe pasaban «Das Arche Noah Prinzip» de un joven de Stuttgart, muy prometedor, autor de historias novedosas con bajo presupuesto, un tal Roland Emmerich. Quien después se fue a Hollywood, hizo otras promesas también con bajo presupuesto, brilló con «Soldado universal» y «Stargate» y, ya con presupuestos cada vez más ilimitados, hizo «Día de la Independencia», «Godzilla», etc., y encontró su rumbo definitivo: las Bahamas. Pero dejó de ser novedoso.

Según la película suya que ahora vemos, hace mucho, mucho, muchísimo más tiempo, allá por el Pleistoceno, los mamuts todavía andaban vagando por la tierra. Alrededor de ellos andaban los cazadores nómades con sus taparrabos. En eso coincide cualquiera. Pero acá, alrededor de los cazadores nómades, aparecen unos tipos a caballo, cazadores de esclavos. Bajo los pies de todos ellos hay estepas, montañas de nieve, selvas de grandes plantas, desiertos, todo pegadito y transitable en tiempo mínimo. Y allá a su frente, las pirámides, y menos mal que eran las pirámides y no «allá a su frente, Estambul», como dicen los versos de Espronceda, aunque aquí hay verso libre en abundancia, y eso de las pirámides se queda chico frente a otros cuantos disparates imaginados por los libretistas. A fin de cuentas solo se trata de una fantasía heroica, hecha específicamente para regocijo de los viciosos de videojuegos, ya que tiene un espíritu similar, con sus continuos golpes de efecto, sus limitados recursos narrativos, su despreocupada confusión de tamaños de animales y de épocas históricas, y su fascinación por los héroes como el aquí presente, joven de músculos bien definidos, piel trigueña,y peinado rasta estilo Nahuel Mutti, un héroe superior que dirige a otros de piel menos clara, y que lucha por salvar a su amada, jovencita de ojos claros y cejas bien delineadas.

El se llama D'Leh, que, leído al revés, en alemán significa héroe. Y ella, Evolet, que en alemán quién sabe lo que significa, pero en castellano queda medio feo. En suma, un cambalache prehistórico fashion, pochoclero, un poquito emparentado con la mentalidad de otra de Emmerich, «El patriota», y, eso sí, con buenos efectos especiales de la experta Karen Goulekas (que ya había trabajado para el mismo autor en «Godzilla» y «El día después de mañana»). Su otro mérito es que, en comparación, «Un millón de años antes de Cristo», con Raquel Welch, y «Cuando las mujeres tenían cola», con Senta Berger, bien podrían ser aprobadas por el History Channel.

Lo mejor y más atractivo que se ha hecho sobre aquellos lejanos tiempos sigue siendo el muy singular y entretenido «La guerra del fuego», de Jean-Jacques Annaud. Pero Emmerich tiene una mejor cuenta bancaria.

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