Peor todavía, ya pareciera estar tentando una continuidad como «soap opera» televisiva. En materia de aventuras, ahora los hermanitos Cortez viajan en submarino hasta una isla tan perdida que ni siquiera figura en los mapas, enfrentan unos monstruos tipo O, dicho de otra manera, como guiño de «soap opera», viven sus previsibles y siempre agradables andanzas con abundante promoción de futuros juguetes y muñequitos, disfrutan con sus abuelos (también espías), resuelven cierto problema con otros dos hermanitos que han salido a competirles, y evitan que el padre de estos le serruche el piso al padre de ellos, y de paso se apodere del mundo, gracias a un disco energético que nadie sabe bien de dónde salió ni cómo funciona, pero tampoco importa.
Ese disco es apenas una excusa para vender muñequitos. Como film de aventuras, los niños pueden disfrutar variadas sensaciones de vértigo, paisajes exóticos, y unas peleas con bichos híbridos y esqueletos que son un claro homenaje a los viejos maestros de efectos especiales,
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