17 de noviembre 2008 - 00:00

Pontecorvo, favorito del público

MarcoPontecorvo,hijo delrecordadodirector de«La batalla deArgelia», fueel más votadopor el públicopor su emotivaopera prima«Pa-ra-da».
Marco Pontecorvo, hijo del recordado director de «La batalla de Argelia», fue el más votado por el público por su emotiva opera prima «Pa-ra-da».
Mar del Plata (Enviado especial) Excelente, emotiva, y ganadora del Premio del Público con el impresionante promedio de 9,46 (resultado de la votación a la salida de las salas), «Pa-ra-da» cuenta la lucha real de un payaso francoargelino que con los oficios circenses ha salvado a muchísimos chicos de la calle en Bucarest, Rumania. Su autor es el debutante Marco Pontecorvo, hijo de Gillo Pontecorvo (el de «La batalla de Argelia», «¡Queimada!», y «Operación ogro»). Dialogamos con él.

Periodista: ¿Es cierto que usted se llama así por el León de San Marco que su padre ganó con «La batalla de Argelia»?

Marco Pontecorvo: Sí, yo estaba por nacer, y mi madre se puso tan emocionada con el premio que casi nazco en la sala. También me llamo Sebastian, en homenaje a Bach. Y mis hermanos, Igor y Johannes, por Stravinski y Brahms.

Uno es pintor, y el otro físico nuclear como su tío.

P.: ¿Y usted desde chico quiso ser director como su padre?

M.P.: De chico uno siempre quiere ser como el padre. Pero a los 16 años me volqué a la fotografía. Me formé con varios buenos especialistas, pero quien me tomó de la mano, se convirtió en mi maestro, y me enseñó a pararme en un set, fue Pasqualino De Santis, el director de fotografía de «Romeo y Julieta», «Muerte en Venecia», «Un día muy particular», y muchas otras, muy bueno tanto en blanco y negro como en color.

P.: Y a usted le toca ser bueno en fílmico y digital.

M.P.: ¿Lo dice por la serie televisiva «Roma»? ¡Es toda en Super 35 mm.! A los 16 me decían «en cinco años será todo digital». Pasaron 24 y me siguen diciendo «en cinco años...». Creo que la magia, la sensibilidad que tiene la película fílmica, el digital todavía se la sueña. Debe encontrar su alma, todavía.

P.: Así que «Roma» está hecha en fílmico. Para coleccionistas, ¿cuál fue su parte?

M.P.: Los tres primeros capítulos de la primera parte, es decir, yo establecí el look de la serie, que luego siguieron otros colegas bravísimos. Después me tocaron, si no me equivoco, los capítulos 2, 4, 6, 8, y 10 de la segunda serie, a veces con un autor distinto, y siempre a un promedio de tres semanas por capítulo.

P: Cuéntenos ahora de su trabajo con Francesco Rosi y Michelangelo Antonioni.

M.P.: Me incomoda, soy muy pequeño para hablar de autores tan grandes. Rosi era amigo de mis padres, fue su padrino de bodas (¡y los tres hijos ya habíamos nacido!), y con él tuve mi primera experiencia fuerte, cuando fuimos a Ucrania para filmar «La última tregua», sobre el famoso viaje de posguerra de Primo Levi. Allí, en pleno rodaje, murió De Santis. Trabajó hasta el último día de su vida. Yo, que fui como camarógrafo, debí reemplazarlo. Rosi me ayudó en ese camino de perder a mi maestro y sustituirlo. Me dio mucha fe. Y hay algo que me gusta: la última toma de la película ya estaba filmada. De Santis es quien cierra el film.

P.: ¿Y Antonioni?

M.P.:
Apenas me hizo llamar empecé a ver todos sus films, para ir entrando en su mundo. Como sabe, él ya estaba muy mal de salud, no podía charlar normalmente, pero de algún modo tuvimos un entendimiento muy fuerte. Yo lo apreciaba mucho, es natural, porque era un maestro. Y él me tomó mucha estima, pero esto no tendría que haberlo dicho. Suena fanfarrón que yo lo diga.

P.: También Richard Loncraine, el de «Ricardo III», lo estima bastante.

M.P.: El director que más sabe de técnica, muy preparado, arma bien los personajes, les pone alma y calidad a los films comerciales. Con él ya hicimos «My house in Umbria», «Firewall», y terminamos hace poco «Me One and Only», una comedia con Renée Zellweger.

P.: Que estuvo aquí en 1996, cuando nadie la conocía.

M.P.: Y mi padre en 1959, cuando ganó un premio con «Kapó». Me emociona estar ahora donde él estuvo.

P.: ¿Qué enseñanzas le dio su padre?

M.P.: Más que nada, cómo encarar el trabajo. Se metía de lleno en cada trabajo. Me enseñó el amor a la verdad, el respeto, la simplicidad, también la ligereza, y el tirante.

P.: ¿Qué es eso?

M.P.:
De chico, yo escribía cuentos. Y él, siempre, « recuerda el tirante»: eso que te impulsa a dar vuelta la página que estás leyendo para ver cuanto antes cómo sigue la historia. Lo mismo pasa en el cine. Otra cosa: mi padre alcanzó a leer el guión de «Pa-ra-da», y me decía «bello, pero está lleno de riesgos, si nos los sabes eludir el film puede resultar meloso, retórico, falso, o demagógico». Eso lo tuve muy en cuenta.

P.: Lo cual se nota y se agradece. Pero aún tenía otro riesgo: ¿cómo hizo para dirigir tantos chicos, varios de los cuales son de la calle?

M.P.: Te cuento una anécdota. En «Pa-ra-da» los chicos aspiran pegamento falso. Pero una vez olí que uno estaba aspirando de veras. Lo levanté de una oreja, «dije que no, y a mí me vas a respetar». A partir de ahí se portó como un santo. El amor se expresa mediante el respeto. Primero te haces respetar. Eso sí, cuando ganaste su respeto, debes ser un maestro para ellos, porque te toman como guía y te siguen.

P.: Ya tenía experiencia para dirigir chicos.

M.P.: Ninguna, pero tengo dos hijos. Me ayudó mucho el protagonista, Jalil Espert, que con ellos era como un hermano mayor. Más que un film, fue una gran experiencia de vida, para todos. A propósito, y cerrando el círculo, una vez Jalil me contó que sus padres se conocieron durante el rodaje de «La batalla de Argelia», donde el padre tenía un pequeño papel. ¡Y ahora ambos hijos trabajamos juntos! Nos encontraremos dentro de unos días, el próximo 28, cuando presentemos «Pa-ra-da» en Bucarest, junto a los chicos que en ella actúan.

Entrevista de P.S.

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