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30 de octubre 2007 - 00:00

Punzante Cocteau con ligereza de vodevil

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Claudia Lapacó, Arnaldo André y María Abadi lideran el buen elenco de la irónica comedia de Jean Cocteau, que Rubén Szuchmacher dirige con la aptitud de un director de vodeviles de primera categoría.
«Los monstruos sagrados», de Jean Cocteau. Dir.: R. Szuchmacher. Trad.: I. Pelicori. Esc. y vest.: J. Ferrari. Luces:G. Córdoba. Mús.: B. Togander. (Teatro Broadway/TSU).

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De la producción de Jean Cocteau (1889-1963), que fluctuó entre el teatro, la poesía y el cine de manera intermitente, llegó ahora a un escenario porteño «Los monstruos sagrados» (Les monstres sacrés), una comedia que gira alrededor de la psicología (y patologías) de los comediantes, con mucho de teatro de boulevard, ideal para el lucimiento de actores y actrices que hacen de sí mismos.

Como «Los padres terribles» (también actualmente en cartelera en Buenos Aires), «Los monstruos sagrados» echa una mirada al entorno social cargada de ironía, de falsa superficialidad, de sutil acritud, acerca de los comportamientos humanos, de la hipocresía y aun de una defensa de la moral burguesa, aunque insinúe una actitud anti burguesa como sucede en esta comedia que dirige ahora Rubén Szuchmacher con aptitud digna de un director de vodeviles de la mejor categoría. Szuchmacher dirigió con precisión y jerarquizando el texto por sobre cualquier otro elemento.

La historia de «Les monstres sacrés» es conocida. Un matrimonio de actores (Esther y Florent) viven en el mundo glamoroso de las estrellas del teatro. Ella en su propio teatro, él en la Comedie Francaise. Una noche llega al camarín de Esther, Liane, una jovencita, aspirante a actriz y evidente cazamaridos. Esther filosóficamente opta por no oponerse a la relación, armarse de paciencia, dejar que ocurran los hechos, que prosperen las ambiciones de Liane y finalmente, recuperar al viejo Florent, ya cansado de las veleidades hollywoondenses de Liane. La paz del hogar vuelve, al cabo de un tiempo, a su armonía original. La institución matrimonial, entonces, está a salvo.

Con la punzante ironía que desliza el texto de Cocteau se construye esta pieza, que no llega a ser seria porque al autor se le ocurre que todo debe tener ese hálito elemental y acartonado de las estrellas del teatro tratando de preservar su cetro.

Estupenda Claudia Lapacó diseñando una actriz madura, con glamour pero filosa, a veces cruel, siempre sensible. Sus matices y su elegancia están siempre presentes, aun en las escenas más riesgosas. A su lado, Arnaldo André no desentona en ese enigmático Florent, que nunca se sabe cuándo miente y cuándo dice la verdad. María Abadi, como la arribista Liane, compone una figura ambigua, entre la simpatía y la sinuosidad de la ambición.

Susana Lanteri, Graciela Martinelli y Julián Vilar completan el reparto con capacidad histriónica, todos embarcados en un arca de Noé donde ensayan odiarse, pero en realidad no hacen más que necesitarse.

Las bellas escenografías y vestuarios de Jorge Ferrari subrayan el decadentismo de los años 50, época en que ocurre la acción, y son rebuscadamente espectaculares, iluminados con fino sentido estético por Gonzalo Córdoba.

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