Mike Amigorena
y Osqui
Guzmán en «El
niño argentino»,
pieza en la que
Mauricio Kartun
logra
«domesticar»
un humor hasta
escatológico y
convertirlo en
inteligente
caricatura de
males
argentinos.
«El niño argentino» libro y Dir.: M. Kartun. Int.: M. Amigorena, O. Guzmán y M.I. Sancerni. Mús. en escena:G. Domínguez. (Teatro San Martín.)
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Apartir del humor más chabacano, el dramaturgo Mauricio Kartun creó una sátira inteligente y osada, escrita en versos gauchescos y con personajes de caricatura que remiten a distintos sectores de nuestra sociedad. Es notable cómo el autor domestica ese decir incluso escatológico para hablar de la Argentina y de sus debilidades como nación sin descuidar la teatralidad de su propuesta.
Ya en «Pericones» (estrenada en 1987), Kartun había ofrecido una disparatada recreación de nuestra historia utilizando el formato de una aventura de piratas, en todos sus clichés, para burlarse del heroísmo patrio.
Aquí el barco es otro, un trasatlántico de principios del Siglo XX, en el que viaja una rica familia de terratenientes rumbo a Europa llevando consigo a un peón y a una holandoargentina destinada a proveer de leche fresca a sus dueños. En realidad se trata de una huída para salvar el honor -y el pellejo del único hijo varón que ha cometido estupro con una adolescente de prosapia. Por decisión paterna, el joven calavera es condenado a trabajar 10 horas al día en la bodega del barco asistiendo al peón en el cuidado de la vaca.
La relación amo y esclavo que se establece entre ambos va recorriendo distintos estadíos, desde la humillación y el desprecio hasta la complicidad y el intercambio de roles. Este es el eje de una historia que se inicia a ritmo de comedia (con pasos de baile, anécdotas pinto-rescas y chistes explícitamente sexuales) y que luego se va enrareciendo hasta alcanzar un clima de asfixiante decadencia y corrupción.
En su segunda experiencia como puestista, el creador de «La Madonnita» (estrenada hace dos años en la misma sala) contó con el valioso aporte creativo de todo su elenco. El libertino que compone Mike Amigorena tiene la simpatía de Isidoro Cañones, el brillo de un artista de varieté y el cinismo de alguien que goza corrompiendo todo lo que toca. En contrapartida, Osqui Guzmán logra transmitirle una gran ternura a ese muchacho ingenuo y sensible que termina emulando a su patrón.
Entre ambos está Aurora, la sufrida holando-argentina a la que María Inés Sancerni transforma en una figura de seductora femineidad. Su presencia resulta más significativa que sus soliloquios, ya que ésta funciona como una pantalla de proyección para las fantasías de los otros dos personajes. Aurora es, ante todo, la versión bovina de un país eternamente acorralado entre la utopía y la traición.
Promediando la segunda parte, la acción decae un poco bajo el peso de escenas más discursivas. Aún así la obra ofrece momentos de gran tensión dramática como el de la pelea final, en donde se dirime la suerte de Aurora.
La escenografía de Héctor Calmet y el vestuario de Gabriela Fernández contribuyen a delinear una reconocible estampa de época, el marco adecuado para una historia de humor explosivo que recuerda a otros antecedentes, como «El Fausto criollo» de Estanislao del Campo o el «Cachafaz» de Copi, sin imitar a ninguno. «El niño argentino» es teatro en verso y no lo parece. Y aunque encierra una mordaz alegoría política, se disfruta como una comedia revisteril de otros tiempos.
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