“Padre madre hermano hermana”, de Jim Jarmusch, se apoya en una idea formal que, como tríptico, termina modelando una experiencia cinematográfica con una precisión musical. No es una película ardua, en el sentido hermético, pero tampoco busca complacer; sólo reclama una disposición atenta, contemplativa. A cambio, entrega algo raro hoy: una arquitectura secreta que se va revelando con la emoción de quien escucha una sonata completa y reconoce sus motivos conductores, su lógica interna.
Jim Jarmush y una sonata para vínculos familiares
“Padre madre hermana hermano” despliega sus tres episodios como movimientos musicales, que indican distintos estados de comunicación o su falta
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Tom Waits en "Padre", primer episodio del exquisito film de Jim Jarmush.
Justamente, Jarmusch organiza el film como una sonata en tres movimientos. Hay exposición, desarrollo, variaciones y un retorno que no es repetición sino transformación. Los episodios —Padre, Madre, Hermano-Hermana— funcionan como movimientos con tempos definidos: podríamos llamarlos Adagio, Andante y Allegro ma non troppo. El ritmo interno de cada segmento determina cómo se relacionan los personajes, qué se dice y, sobre todo, qué callan o qué es lo que sólo dejan entrever.
Lo fascinante es cómo esa estructura musical se “filtra” en el tejido cotidiano mediante una serie de motivos recurrentes, casi como un basso continuo que sostiene la obra: los brindis (con agua, con té), la frase que vuelve como estribillo y que repite un personaje distinto en cada uno de los episodios (“y el nombre de mi tío es Bob”, que en inglés es algo similar a “y así son las cosas…”: lo que se dice cuando no hay más nada que decir).
También hay skaters en cámara lenta, que atraviesan el espacio urbano como una aparición rítmica, amenazadora; el Rolex, verdadero o falso, en la muñeca de tres de los personajes; los signos del zodíaco. Todo reaparece con la naturalidad de lo ya oído, como en una sonata. Esa repetición, lejos de anclar el film en un realismo transparente, mediatiza lo cotidiano a través de una mirada abstracta, como si la realidad, aun la más banal, estuviera siendo leída en otra clave.
El primer episodio, Padre (Adagio), está rodado en un paraje rural de New Jersey. Dos hermanos (Adam Driver y Mayim Bialik) van a visitar a su padre (el gran Tom Waits, habitual colaborador de Jarmush), quien vive en una casa que se cae a pedazos, casi como un ermitaño, y al borde de la indigencia. El hijo le lleva víveres, le da dinero; la hija se muestra más esquiva, como si cumpliera una misión ineludible.
El momento que pasan juntos es puro entendimiento tácito. Hablan poco, pero de inmediato sabemos que saben todo los unos de los otros. Lo que callan no es vacío sino densidad: se reconoce en miradas, en silencios, en gestos mínimos. Aun en algunos de los lugares comunes que pronuncian. Jarmusch filma ese saber compartido, doloroso, con una economía extrema, y se guarda para el final, cuando los hijos se van, una sorpresa que, quizás, ellos ignoren. O no.
En Madre (Andante) ocurre lo contrario: nadie sabe nada de nadie. Filmado en Dublín, Charlotte Rampling, una celebrada autora de best-sellers, se prepara a recibir a sus hijas (Cate Blanchett y Vicky Krieps) en un elegante té que celebran sólo anualmente. Una de las hijas tiene un percance con el automóvil y retrasa un poco su llegada, como si se negara a aparecer. La otra llega en el coche de su pareja femenina, pero unas cuadras antes de llegar se baja para pasar al asiento trasero. Le dirá a su madre, quien presuntamente ignora su lesbianismo, que el coche es un Uber.
Aquí, el diálogo no revela nada, apenas roza. Los ojos de Rampling, que mantienen su profundidad de siempre, parecerían indagar en vano la realidad de sus hijas, quienes ocultan en vano su incomodidad, por una razón u otra. Hay una distancia que no es hostil sino opaca, el lenguaje no alcanza a tender puentes. El tempo intermedio es engañoso: ni lento ni rápido, sino suspendido. Aquí los motivos retornan con otra entonación, casi irónica, subrayando que la repetición no garantiza comprensión. Como se dijo antes, también hay skaters, un Rolex, el mismo latiguillo sobre el tío Bob, al que Rampling llama “Robert” (un delicado signo de que aquí, al contrario que en los EE.UU., todo es elegante).
El cierre, Hermano hermana (Allegro ma non troppo), libera lo que estaba contenido. Filmada en París, ellos son Luka Sabbat e Indya Moore, dos gemelos afroamericanos, neoyorquinos, que van a visitar por última vez el viejo departamento donde vivieron sus padres, aventureros que murieron en un accidente aéreo a bordo de la avioneta que piloteaba la madre. En ese piso vacío, que sólo conserva una caja con fotos del pasado, se presenta la casera, que los insta a que se vayan y le devuelvan las llaves.
Ahora, los personajes saben y, además, dicen. Hay conexión, intercambio, se abrazan. Hay una energía que potencia el hecho de ser extranjeros en un medio diferente, adverso. Su marginalidad, sus adicciones, también vuelven más sólida la unión. El “ma non troppo” es clave: Jarmusch evita el clímax fácil, prefiere una intensidad medida, coherente con el resto de la “sonata”. Un movimiento final, de despedidas múltiples.
Todo el film se sostiene en una modulación del tiempo deliberadamente lento, que el propio director ha vinculado con las reuniones íntimas japonesas donde se bebe té, y, en particular, con el cine de Yasujiro Ozu. No es una cita caprichosa, es una ética del tiempo la que quiere imprimir a su película, y lo logra. La cámara observa sin invadir, espera a que las relaciones fluyan, aun deteniéndose. Quien busque progresión dramática clásica puede impacientarse; quien acepte el tempo, se encontrará con un film para paladear.
Es una obra de gran elegancia formal que convierte su estructura en experiencia. No es para todos los públicos (no por oscura, porque es muy diáfana, sino por su negativa a acelerar y a explicar), pero para quienes entren en su frecuencia ofrece un raro equilibrio entre abstracción y vida cotidiana. Una película que, como las buenas piezas musicales, se entiende del todo cuando termina, y que hasta invita a volver a empezar.
“Padre madre hermana hermano” (“Father Mother Sister Brother”, EE.UU., 2025). Dir.: Jim Jarmush. Int.: Tom Waits, Charlotte Rampling, Adam Driver, Cate Blanchett, Indya Moore.




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