29 de marzo 2009 - 20:05

«Siempre amigas»

Jessica Lange, Kathy Bates y Joan Allen, las tres buenas intérpretes encorsetadas en los estereotipos de la insostenible «Siempre amigas». Junto a ellas, Tom Skerritt.
Jessica Lange, Kathy Bates y Joan Allen, las tres buenas intérpretes encorsetadas en los estereotipos de la insostenible «Siempre amigas». Junto a ellas, Tom Skerritt.

«Siempre amigas» (Bonneville, EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: C.N. Rowley. Guión: Daniel D. Davis. Int.: J. Lange, K. Bates, J. Allen, F. Holden Packard, T, Skerritt.
Suma de clichés a prueba de buenas actrices
Tres amigas sesentonas emprenden un «azaroso» viaje en un convertible (el Bonneville del título original), con el objetivo declarado de llevar las cenizas del marido de una de ellas desde Idaho a Santa Barbara. Esto en una suerte de Frankenstein hecho de apropiaciones disparatadas de una larga lista de films, que van desde «Thelma y Louise» de Ridley Scott, virado al final feliz, a «Las últimas órdenes» de Fred Schepisi, sin una pizca de su humor negro o, al menos, su melancolía. Y ya se sabe lo que resulta cuando se intenta insuflarle vida a Frankenstein.
Marvilla, la viuda, es Jessica Lange, Kathy Bates es la simpática pero escéptica -especialmente en cuestión de hombres- Margene, y Joan Allen, la mormona Carol. Vale decir tres buenas actrices encorsetadas en macchietas irremontables al servicio de un guión ñoño y plagado (pocas veces tan merecida la palabra) de clichés. También para copiar a otros hay que tener talento, evidentemente. Eso sí, si algo cumple «Siempre amigas» es el ABC del género road movie: todas están muy cambiadas al cabo del viaje.
Marvilla en realidad no quiere llevar las cenizas donde está obligada a llevarlas por puro capricho de la hija del muerto, y todo el tiempo se comporta en consecuencia. Vale decir que el espectador «adivinará» infaliblemente lo que hará cada vez para evitar llegar a destino. A diferencia de Thelma y Louise, las protagonistas prácticamente sólo encuentran gente de bien en su camino, incluido un joven mochilero que es la antítesis de Brad Pitt, y un caballeresco camionero que se enamora seriamente de una de ellas (lector, adivine cuál). Para no salirse de registro, o acaso por pura torpeza nomás, la única escena violenta entre tanta bonhomía se resuelve con un humor a la Tarantino, digamos, en una ridícula escena que las actrices juegan, como todo el resto, con un espíritu enternecedor.
N.G.

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