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14 de febrero 2007 - 00:00

Sobre Gustav Klimt, con la liviandad de un folletín

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«El beso» de Elizabeth Hickey. Traducción Paz Pruneda Gonzálvez. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara. Buenos Aires, 2006.

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El lenguaje plástico de Gustav Klimt revolucionó la Viena de Fin de Siglo posicionándolo como uno de los artistas más originales y transgresores de su tiempo. Lideró el Movimiento de la Secesión (emparentado con el Art Noveau); pintó murales en importantes museos y teatros; retrató mujeres fatales, mitológicas, destinadas a encarnar las fuerzas primarias del amor, la muerte y la procreación.

La obra de Klimt (1862-1918) incluye paisajes de abigarrada textura, pero son sus figuras las que sorprenden con su refinamiento y erotismo. En ellas se evidencian elementos de distintas fuentes (arte clásico griego, bizantino, egipcio, minoico, movimiento simbolista, etc.) todos ellos condensados con un estilo muy personal y de exquisita factura técnica. Klimt odiaba hacer declaraciones sobre el tema y aunque se consideraba un gran pintor, como persona creía ser muy poco interesante. Así lo dejó asentado en uno de los escasos textos autógrafos que se conservan de él: «No hay nada especial en mí. Soy pintor, alguien que pinta todos los días de la mañana a la noche. (...) «Quien quiera saber algo de mí, deberá observar atentamente mis pinturas y tratar de descubrir en ellas lo que soy y lo que quiero.»

El Klimt que aparece ficcionalizado en «El beso», es un hombre vigoroso, de apariencia tosca y con un gran éxito entre las mujeres. Su trayectoria artística, en cambio, se diluye entre referencias más bien escuetas y sin ningún criterio plástico. El desfile de celebrities (Gustav Mahler y su esposa Alma, los pintores Egon Schiele y Oskar Kokoschka, entre otros) no basta para recrear el rico ambiente cultural de la época, sobre todo si quien evoca los hechos carece de imaginación y vuelo intelectual.

Se supone que Elizabeth Hickey (nacida en Kentucky) es graduada en Historia del Arte, pero a juzgar por la liviandad de esta novela (quien narra la historia es Emilie Flöge, musa inspiradora e íntima amiga de Klimt) es evidente que se ha dejado llevar por los estereotipos de la literatura romántica. Dentro de esa tesitura,imagina una larga serie de encuentros y desencuentros, camaradería e infidelidades entre un faunesco Klimt y su joven concuñada (la hermana de Emilie estaba casada con el hermano de Klimt, por lo que mantenían un trato muy familiar). Pero, a la vez, todo el mundo sospechaba que eran amantes y a eso se aferra la autora para recrear la intimidad de estos personajes.

El pintor funcionó en un principio como una suerte de tío protector para la joven Emilie, pero con el tiempo se convirtieron en grandes amigos. Aunque también es probable que ella haya sido el gran amor de su vida (una mujer inaccesible de tan idealizada). Hay un famoso retrato en el que se la ve muy erguida como un ícono sagrado y recubierta con un estampado que recuerda al arte bizantino y que prefigura su etapa «dorada» (de la que forma parte «El beso» (1907-1908) que ilustra la portada de este libro).

El retrato de Emilie fue una pintura demasiado radical para la época, ni siquiera le gustó a ella que diseñó el vestido que allí luce. La mujer tuvo un importante salón de moda, que regenteó con la ayuda de sus dos hermanas y al que acudían las damas de la alta burguesía, hasta que los nazis lo clausuraron en 1938. No deja de ser un dato curioso. Pero desde luego no justifica que el genio y la figura de Klimt queden relegados a un segundo plano.

Patricia Espinosa

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