13 de octubre 2008 - 00:00
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Luciano Suardi: «En esta obra hay miserias, secretos, pequeñas
traiciones y rivalidades, pero no es una familia
disfuncional al estilo argentino».
L.S.: Sí, pero un mar de fondo muy dulce porque ésta es un obra entrañable, de gran sensibilidad. Acá, desde luego, aparecentodas las miserias familiares:secretos, pequeñas traiciones, rivalidades... Pero no hay situaciones trágicas ni oscuras, todo tiene que ver con la tensión que toda muerte provoca y, como pasa siempre, el sentimiento de pérdida termina mezclándose con la fuerza de la vida.
P.: ¿Qué efectos tiene en la obra la muerte de un padre?
L.S.: Es una ausencia abruptaque pone más en contacto con la propia muerte. Pero, en cierta forma, se empieza a recuperar al ser querido a través de imágenes, recuerdos y anécdotas familiares. Es algo muy extraño que coloca entre la falta y la vida y obliga a lidiar con el pasado, presente y futuro.
P.: ¿Cómo es el duelo de estos personajes?
L.S.: Lo interesante es que con cada hijo aparece una actitud distinta ante el duelo. No me atrevo a decir que los tres resuelven sus conflictos, pero algo encuentran en el transcurso de esa tarde que les permitirá seguir adelante con sus vidas. Y no hablo de final feliz, sino de una ternura conciliadora que se instala entre ellos.
P.: ¿Por qué que a las obras de esta autora sólo las dirigen hombres? Al menos en Buenos Aires.
L.S.: Es cierto. No lo había pensado. Será porque conoce bien la psicología masculina. Aquí hay una figura paterna muy presente -y muy severa- aunque esté bajo tierra. Su muerte no es una tragedia, pero no deja de ser dolorosa. El problema es cómo lidiar con alguien que ha sido estricto y que a la vez es un padre querido. Encima todo se complica con la llegada de una mujer que fue pareja de uno de los hermanos pero está enamorada del otro, con quien años atrás tuvo una noche de amor. La obra ocurre en una terraza al aire libre, en una tumba en el bosque, en un jardín, en la ruta y en el interior de la casa.
P.: Parece una película de Eric Rohmer.
L.S.: Ah, sí, tiene mucho de cine francés, de hecho su estructura es muy cinematográfica.
P.: Esta familia no tiene nada que ver con las del teatro argentino donde todo es disolución, filicidio, caída del padre, o bien, una feroz lucha entre hermanos.
L.S.: Claro. Debe ser por eso que algunos me preguntaron si estos hermanos venían de una familia disfuncional. Pero no es para nada así. A los de cuarenta nos puede costar formar pareja, y no por ello venimos de una familia disfuncional. Creo que éste es un momento complicado para vincularse y comunicarse. Por eso me gustó encontrarme con la dulzura de esta obra que además trata estos temas con humor.
P.: Pero en este entierro no hay situaciones tan disparatadascomo las de «Muerte en un funeral».
L.S.: No, « Conversaciones...» tiene un humor más elegante. Es una obra muy francesa.
P.: ¿Y usted cómo sobrelleva los funerales?
L.S.: Hace poco murió una tía abuela de 94 años. Y claro, por una deformación profesional me dediqué escuchar con mucha atención todo lo que se decía. Hasta que en un momento, mi madrina se acercó para preguntarme: «¿Estás dirigiendoalguna obra de teatro?». Sí, «Conversaciones después de un entierro». Se me quedó mirando con una cara muy rara: «Entonces, además de acompañarnos ¿viniste a hacer trabajo de campo?», me preguntó. Es interesante lo que sucede en los entierros. A pesar de que toda muerte es tremenda y nos enfrenta a nuestra propia finitud, la vida también está presente con su fuerza y alegría.
Entrevista de Patricia Espinosa



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