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15 de marzo 2022 - 00:00

Henri Murger: el novelista de “La Bohème” fue espía secreto del Zar

El Teatro Colón inaugura esta noche, a las 20, su temporada lírica 2022 con la renombrada ópera
de Giacomo Puccini. Aquí, una mirada a la aventurada vida del “bohemio” que escribió la historia.

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Murger. Busto del autor en los Jardines de Luxemburgo, Barrio Latino.

En función de Gran Abono, el Teatro Colón inaugurará hoy a las 20 su temporada lírica 2022 con una ópera que los habitués llevan en su ADN, “La Bohème”, de Giacomo Puccini. Como, además, la versión que subirá a escena es la misma de hace cuatro años, firmada por el veronés Stefano Trespidi (con la única salvedad de que los protocolos de la pandemia impiden la espectacularidad del segundo acto en el Café Momus, ya que se verán menos figurantes), le ofrecemos al lector, en reacuadro aparte, los elencos y fechas, pero aquí nos ocuparemos de una historia pocas veces contada: algunos aspectos de la aventurada vida personal del escritor Henri Murger, el de las famosas “Scènes de la vie de Bohème” en las que se basaron tanto la ópera de Giacomo Puccini (1896), la más célebre, como la menos conocida de Ruggero Leoncavallo (1897).

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Henri Murger (la grafía “Henry Mürger” fue una posterior modificación suya, ya que la tendencia a anglificar los nombres no se originó ni con Hollywood ni con cierto snobismo social) había nacido en París el 24 de marzo de 1822, es decir, hace casi exactamente dos siglos. Sus padres, porteros ambos, fueron despedidos poco después de su nacimiento, y durante unas semanas la familia debió sobrevivir en la calle hasta que tuvo la fortuna de encontrar un nuevo inmueble para que los ”concièrges” continuaran ejerciendo sus labores; el padre, además, agregó un taller de sastre. Esa fortuna fue providencial en más de un sentido ya que en la nueva vivienda, ubicada en la rue des Trois-Frères, vivía en uno de los pisos más lujosos el cantante español Manuel Vicente García, padre de dos de las mezzosopranos más famosas del siglo XIX: Pauline García (más tarde Pauline Viardot por su apellido de casada, y también amante del escritor ruso Iván Turgueniev) y Felicia García, quien durante su fulgurante carrera adoptaría el nombre artístico que la hizo célebre, María Malibrán (su registro iba del de soprano al de mezzo). Así, el pequeño Henri solía jugar sobre las rodillas de la Malibrán, como si un siglo más tarde lo hubiera hecho sobre las de María Callas.

Murger, en verdad, amó intenseamente las diversas formas de arte --música, pintura, poesía-- pero no demostró verdadero talento para ninguna de ellas. Además, su padre combatía esas inclinaciones ya que lo pretendía un hombre serio de trabajo, como había sido él toda su vida. Sólo la madre lo consintió en algunas prácticas, sobre todo de versificación, y siempre a espaldas de la mirada paterna. Sin embargo, la buena suerte no fue solamente la de vivir en el mismo edificio que el de las célebres sopranos, sino que también allí vivía, en otro piso más modesto, un pintoresco y desdentado miembro de la Academia Francesa, Monsieur de Jouy, quien cuando Henri se convirtió en adolescente, y a pedido de su padre, le obtuvo un puesto de secretario en las oficinas de un conde ruso, Jakob Nikolaïevitch Tolstoi (sólo un homónimo del autor de “Anna Karenina”), quien se encargaba de las relaciones culturales entre París y San Petersburgo. En verdad, eso era sólo una fachada, ya que la auténtica --y secreta-- actividad de Tolstoi en París era ser espía del Zar Nicolás I.

Así, sin siquiera imaginarlo --al principio-- el frustrado poeta, pintor y músico, se encontró de la noche a la mañana convertido en espía al servicio del Zar. El Conde Tolstoi le pagaba un sueldo de 40 francos al mes, lo cual si bien estaba lejos de ser una suma suficiente, al menos le evitaba pasar días en ayunas, como los muchos que tuvo que sobrellevar, o de andar mendigando en la calle a cambio de la lectura de un poema musicalizado por alguno de sus amigos también hambrientos de fama. Y de comida. De allí viene la vida de “bohemia” (por el nombre que recibían los gitanos en París), que reunió a varios artistas luego célebres, como el pintor Gustave Courbet (el del “escandaloso” desnudo femenino “El origen del mundo”), Bonvin, Chintreuil, el músico Schann (Schaunard en la ópera), el filósofo Wallon (Colline), etcétera. Pero, además, las escasas tareas que debía cumplir Murger en lo de Tolstoi le permitió buscar y hallar al fin la profesión que lo haría famoso y que, aun moderadamente, lo sacaría de la pobreza: el de escritor por entregas en folletines populares, cuya lectura estaba entonces tan arraigada como la de mirar hoy series en Netflix.

Para ello tuvo que superar dos escollos: renunciar a escribir en rima (para él la prosa era algo indigno), y encontrar editores de revistas que se los publicaran. No tardó en dar con ellos: una era “El artista”, la otra “El corsario”, y más tarde terminaría fundando “El castor” (que se menciona en la ópera). En “El corsario” tuvo su primer gran éxito, “Orbassan, el confidente”, que ayudó a que la revista agotara número tras número. Los editores no dejaban de pedirle nuevos episodios como, siguiendo el símil, si le encargaran nuevas temporadas. Pero, en esos días, ocurrió algo grave: la Revolución de 1848 en París, en la cual el Rey Louis-Philippe fue obligado a abdicar, y Alphonse de Lamartine proclamó la Segunda República Francesa.

Ya en los días previos, con la revolución en marcha, el Conde Tolstoi convocó a Murger para que, gracias a sus contactos políticos (muchos de los cuales forjaba, junto a los bohemios, en el Café Momus) lo pusiera al tanto de algo más que sus folletines. El Zar necesitaba datos y fechas. Y el mismo día de la Revolución Murger cometió un error digno de un capítulo del Super Agente 86: Tolstoi lo obligó a escribir toda una serie de cartas con las informaciones, y él, que no quería demorarse con el folletín, ensobró por error la última página de un capítulo con una carta al Zar, y las envió de manera cruzada.

Así, cuenta una crónica de la época, Viremaître, director de ““El corsario”, recibió el siguiente escrito de puño y letra de Murger: “Alteza, la Revolución triunfa. En el momento en que escribo estas líneas, el pueblo, dueño de las Tullerías, está llevando allí el saqueo y la desolación. Louis-Philippe y su familia están huyendo. Los señores de Lamartine, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Marrast y otros, reunidos en el Hôtel-de-Ville, dirimen los destinos de Francia”. Pero mayor fue la sorpresa de Nicolás I cuando, en lugar de una minuta de la Revolución, recibió el final de la desgarradora historia de amor del héroe romántico Orbassan.

El resto es historia conocida. El folletín “Scènes de la vie de Bohème”, en el que Murger se transformó en su alter ego Rodolphe, se convirtió en el mayor de sus éxitos, en una obra de teatro (que tampoco, pese al éxito, quiso ir a ver su propio padre), y, en 1896 con libreto de Illica y Giacosa, en la ópera de Puccini más popular de la historia.

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