El teatro regresó de manera presencial este fin de semana. Con los protocolos de rigor, lo hizo tanto una sala oficial, la Casacuberta del Teatro San Martín (que repuso el viernes “Happyland” de Gonzalo Demaría y Alfredo Arias), como dos privadas, el Multiteatro Comafi de Carlos Rottemberg, que presentó al fin la versión de “El acompañamiento” de Carlos Gorostiza, con Luis Brandoni y David Di Napoli, cuyo estreno estaba previsto para marzo, y el Broadway lo hizo con la obra “Un estreno, un velorio”, con Flavio Mendoza, Raúl Lavié, Carmen Barbieri y Georgina Barbarossa.
Tras ocho meses, celebró el teatro la vuelta a la actividad presencial
En las próximas semanas se sumarán otras salas, como las del Complejo La Plaza y el Picadero.
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Luis Brandoni y David Di Napoli en “El acompañamiento”, en el Multiteatro Comafi.
“Hoy domingo 15 de noviembre”, dijo ayer Rottemberg “se cumplen ocho meses de otro domingo, el 15 de marzo, cuando las actividades teatrales y musicales en las salas del país dejaron de funcionar. Por eso centenares de personas de este ambiente artístico celebraron -antes de dormirse el jueves- el levantamiento de la clausura al público presencial que regía en las salas de espectáculos del país producto de la pandemia”.
Ante la pregunta recurrente sobre si es sustentable este regreso, con aforo limitado y demás costos para adaptarse al protocolo sanitario, ”queda a la vista la realidad negativa que antecede a la respuesta”, continuó. “Sin embargo, escuchar hasta el llanto mismo a actrices, actores, músicos, productores, escenógrafos, directoras o autores, técnicos y más personas de la profesión en esa madrugada al publicarse en el Boletín Oficial el decreto que permite su funcionamiento, ajustado a protocolos, confirmó -además de la angustia contenida en estos meses- que haber trabajado a conciencia, privilegiando lo sanitario, hoy nos premia en la cuota parte que nos toca a cada uno por el trabajo realizado. Es el desahogo de tanta gente lo que justifica ampliamente la tarea realizada”.
“Desde el viernes”, agregó “se impone otro paso enorme: mover esta rueda despacio pero sostenidamente, poniendo ingenio en ir logrando hacer coincidir las necesidades de trabajadores y empresas para ensamblarlas con los posibles futuros espectadores. No será tarea sencilla. Hay que prestarle más atención al movimiento teatral independiente, el de las salas pequeñas, que si bien ha participado en estas gestiones y consensos es quien tiene menos plafón para su subsistencia.”
En el Teatro San Martín, con el aforo del 30%, hubo entre 140 y 150 invitados, se usaron todas las butacas habilitadas, con una fila de por medio. La Sala Casacuberta tiene 11 filas, se habilitaron las impares desde adelante hasta el fondo y se usaron 2 butacas, se dejaron 2 sin usar y así. Se entró por grupos con público que había comprado entradas previamente online, y en las entradas aparecía el horario en que tenían que llegar, según el grupo asignado, para evitar aglomeraciones. No existe más el programa de mano, que fue reemplazado por el código QR que figuraba en varios lugares del teatro para que el público pudiera verlo. En el estreno hubo muchos invitados especiales, y se acercaron al hall todos los productores teatrales, entre ellos, Pablo Kompel, Ariel Stolier, Elizabeth Arriba, Carlos Rottemberg, y funcionarios como Horacio Rodríguez Larreta, Enrique Avogadro y Jorge Telerman, director de la casa.
Al público se le tomó la temperatura, se lo roció con alcohol en gel, y debieron mostrar la declaración jurada en la aplicación Cuidar, o bien impresa expresando la ausencia de síntomas, como ocurre con los chicos que van a la escuela. Cuando ingresó el público al teatro se hizo una suerte de living con la distancia adecuada para que la gente que no le tocaba entrar pudiera esperar en una suerte de foyer, con la distancia estipulada. La aparición de Alejandra Radano en escena fue recibida con un minuto de ovación como aplaudiendo la vuelta al teatro, y lo mismo se replicó al final.
Gonzalo Demaría, autor de “Happyland”, expresó: “Hubo una sensación general de emoción, de momento histórico. Las primeras dos palabras pronunciadas por Alejandra Radano detonaron un aplauso de dos minutos, que como sabemos pueden ser una eternidad en el teatro. Fue difícil recomponerse y seguir, o más bien arrancar. Pero se hizo y fue una hermosa función, con un aplauso final más sostenido y caluroso todavía. Público de pie y embarbijado, como embarbijados salimos a saludar director y autor, en solidaridad con la gente que nos acompañó. Entre otras cosas, eso que llamamos teatro es respirar el mismo aire. Es un ritual de magia, ni más ni menos, que exige una energía presencial, como se dice hoy, y donde los chamanes son el público y los intérpretes. El teatro no ha podido salvar a la humanidad de las pestes ni de las guerras y tampoco lo hará ahora, pero sus rituales la ayudaron a transitarlas por veinticinco siglos. Los griegos nos transmitieron este arte, con obras que aún significan. Edipo Rey, de Sófocles, se estrenó en el 424 antes de Cristo. Fue escrita poco después de la peste que asoló Tebas y uno de sus coros tiene la siguiente plegaria: “Primero te invoco a ti, hija de Zeus, / inmortal Atenea, / y a la que recorre este país, tu hermana / Ártemis, que se sienta en el trono glorioso en la plaza, / y a Febo, el flechador a distancia. ¡Ay! / Lleguen los tres a mi presencia para poner fin a nuestros males”.









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