16 de abril 2008 - 00:00
"Un ensayo es conversación, no una ponencia académica"
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Rabanal: «La literatura joven latinoamericana, exceptuando algunos escritores argentinos y mexicanos, hoy está semánticamente en un plano demasiado pobre».
R.R.: Es que el ensayo es una conversación con uno mismo, que eventualmente, afortunadamente, puede tener un interlocutor. Es una conversación, no es una ponencia academia. El error de mucha gente es escribir como para la Academia, lo que vuelve sus páginas en antiliterarias; y todo en alguna medida tiene que ser una narración.
P.: Ese sentido conversacional está en su obra cuando una visita a Roma lo lleva a hablar de Dante y hasta al pasar hacer apuntes sobre Beckett.
R.R.: Es que, cuando pienso en literatura, voy desde Homero hasta hoy y no se me ocurre establecer clasificaciones excluyentes. Más bien pienso en una red extensa y de lazos intercambiables. A mí me dicen cosas Homero o Dante que hoy encuentro resonantes. Y si llego a Beckett es porque me descubre la Divina Comedia, tanto como T.S. Eliot. En su poética ambos son hijos de Dante. Yo descubrí a Dante en mi juventud, gracias a ellos. Fui del presente al pasado, que es lo mismo que hice en el ensayo «El roce de Dante», que es un viaje por Italia hoy.
P.: ¿Decidió entrar en la tradición de los grandes escritores viajeros, por ejemplo, de Brodsky recorriendo Venecia?
R.R.: Es que un viaje para el escritor esconde otros viajes, internos, más íntimos, donde el paisaje se funde con libros, donde un ensayo se vuelve relato, narración, hasta un cuento.
P.: En ese aspecto Borges fue el gran maestro.
R.R.: Fue el gran descubridor, por eso al final de mi ensayo sobre Dante aparece en un bar de Roma como un hombre viejo y ciego, de rostro terso y ceniciento, el espíritu de Borgescomo si fuera Tiresias encarnado en un señor argentino. Es mi homenaje por todo lo mucho que le debemos.
P.: Muchas veces en su libro, un paisaje, un recuerdo, lo lleva a consideraciones de caracter filosófico.
R.R.: Es que no se puede estar alejado del pensamiento. Cuando se está escribiendo, aún en el nivel más elemental, se está organizando el pensamiento. Y en los niveles más elevados, más refinados, ya se está casi filosofando. No de una manera sistemática sino « distraída». En algunos de mis ensayos «Nuevas consideraciones alrededor de un oficio», «Un género perdido y la otra victoria» y «Sobre la repetición y otros asuntos» hago una defensa de la divagación.
P.: En sus ensayos defiende tambien la conversación y la escritura epistolar, en un tiempo en que las cartas se han convertido en SMSs.
R.R.: Pero los mensajes de texto y los e-mails son muy perecederos. Están interesados en el mensaje y no en la forma del mensaje. La escritura, que gracias a ellos volvió al uso, está degradada. Hoy los mensajes de texto a través de los celulares, y esto preocupa a muchos académicos de la lengua, están transformando las palabras, las están convirtiendo en otra cosa, en un objeto comunicativo diferente. Pensar a partir de allí el futuro del idioma es complicadísimo. A mí me importa la escritura como un valor superior, como un valor de lo que se tiene de humano. Así y todo yo escribo e-mails. Tengo que comunicarme de esa manera. Lo que pasa que la distancia que me da la escritura me permite observar críticamente estas modalidades, más allá de sus ventajas.
P.: ¿En qué está trabajando ahora?
R.R.: En una novela que hace tiempo me anda rondando, pero que no sé hacia dónde va, qué va a ser, cómo se llamará. Sólo tengo dos o tres personajes, pero no importa, ellos mismos podrían tener cada uno una historia aislada. Si logro superar la exigencia que el género impone, podría alcanzar una especie de libertad total poniendo personajes que son dramáticos en sí mismos, en su propia vida. Pero no dramáticos en el sentido trágico, dramáticos en la acción pura, en el pensamiento y en sus hechos cotidianos y que, a la vez, tengan suficiente encanto como para obtener relevancia. Por el momento estoy con ellos y no sé adónde van.
P.: ¿Se va a poner a hacer literatura de vanguardia cuando ya su escritura es la de un clásico de nuestras letras?
R.R.: La escritura tiene que ser clásica, las ideas pueden ser de vanguardia. La historia tiene que ser nítida. Al no haber más vanguardias, y una ausencia de lectores interesados a fondo, la literatura tiene hoy una libertad que nunca tuvo. Hoy se puede hacer lo que uno quiera. Nadie se atreve a meterse porque ni siquiera hay una buena crítica. Y eso es desolador, en ese sentido. Pero siempre la inteligencia es una aventura, propone salir de la grisura, dejar de lado la rutina, sin abandonarla, porque la rutina sirve.
P.: Es por eso que la propuesta inicial de su libro es «Nada es sagrado para el que piensa»?
R.R.: Eso es de la polaca Premio Nobel, Wislawa Szyborska. El pensamiento es lo más libre, no tiene rejas.
Entrevista de Máximo Soto




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