15 de noviembre 2007 - 00:00
Una abstracta música nocturna
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Enrique
Piñeyro (que
en este film
declara que
no le gusta
volar) y Silva
Arazi en el
nocturno
opus de
Filipelli.
Escribe Marcelo Zapata das o referencias indirectas a personajes reales del elenco cultural porteño -que las hay, desde luego, empezando por el nombre del protagonista en la ficción y autor también de los textos sobre música que se leen. Eso forma parte de la intimidad de un film que se abre, musical y conceptualmente también, para quienes quieran dejarse llevar por él.
En el deambular nocturno de Federico (impecable interpretación de Piñeyro) no molesta nunca el sol: como presa acorralada, contenida, no se atreve nunca a terminar con su libro, dar la última palabra. Terminarlo sería quedar en falta con las buenas opciones que quedarán necesariamente al margen, y por eso no opta, no crea. Destruye.
Tampoco se atreve a abandonarse al irrisorio e inaceptable sentimiento de los celos. Le regaló hace unos años a Cecilia una grabación de Gesualdo que ella parece no apreciar (también de Gesualdo y sus enfermizos celos asesinos se ocupó hace algunos años Werner Herzog).
Sin embargo, ella prefiere -si es que prefierealgo-a Olivier Messiaen, cuyo carácter sacro percibe tan poco como el de Gesualdo, o espante con igual fastidio que a los inoportunos vendedores de Biblias que llaman a la puerta. ¿Qué es lo que cela Federico? No se sabe. Oscura música nocturna, el amor sin amor: un dúo que va hacia el fin de su tiempo, confinado en ese piso céntrico como en un campo de concentración, y musicalizado por Filipelli con la libertad del artista que tampoco tiene que decir la última palabra, aunque la sugiera. Como la música.


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