12 de septiembre 2005 - 00:00

Una discutible versión de Williams en Festival Baires

Sombras nadamás: casi unmillar depersonasasistió a cadauna de lasperformancesvisuales delProyectoCruce sobre elPalacioPizzurno.
Sombras nada más: casi un millar de personas asistió a cada una de las performances visuales del Proyecto Cruce sobre el Palacio Pizzurno.
Si el show de Laurie Anderson dividió al público, qué otra cosa podía esperarse de un espectáculo tan provocativo como «Endstation Amerika», que además figuraba entre los títulos más prometedores de este V Festival Internacional de Teatro.

El alemán Franz Castorf, director del Volksbühne («Teatro del pueblo») demostró con esta peculiar versión de «Un tranvía llamado deseo» de Tennessee Williams que su teatro es iconoclasta y que, pese a la irreverencia con que transgrede textos canónicos del teatro universal, algunos de sus chistes y parodias pueden resultar bastante obvios, como la inclusión de una famosa escena de «Psicosis», presentada en clave cómica.

Consustanciado con la Europa del Este (nació en Berlín, pero su abuela materna era polaca), Castorf se autodefinió, en el reportaje público que ofreció en el Teatro San Martín, como el sucesor «fracasado» de Bertolt Brecht. Dando a entender que hoy es imposible aplicar sus mismas fórmulas teatrales, Castorf se sirvió del texto de Williams para referirse, entre otras cosas, a los excesos de la sociedad moderna, como una máquina trituradora de ideales cuyo paradigma es la fama, el éxito económico y el más exacerbado individualismo.

El nuevo Stan Kowalski, que además se da el lujo de ridiculizar la sensual caracterización de Marlon Brando, es ahora un ex sindicalista polaco, compañero de Lech Walesa, quien también es víctima de algunas ironías. Lejos de insertarse en el sistema norteamericano, Kowalski termina convertido en un ser brutal y atormentado que pierde totalmente su rumbo. El resto de los personajes también comparte o es víctima de su fracaso en medio de abundantes citas culturales relacionadas con el rock, el cine, la moda y el movimiento underground de los años '60.

A juicio de algunos dramaturgos, Castorf «destrozó» la obra de Williams (de ahí que sus herederos le prohibieran utilizar el título original de esta pieza) pero hay que reconocer que su manera de dialogar con ella no dejó a nadie indiferente. La energía de los intérpretes (buenos cantantes y a la vez muy dúctiles en el trabajo corporal) compensó cierto regodeo en el dispositivo escénico.

El collage de situaciones, los gags de tono televisivo, el brusco pasaje del drama al humor divirtió a algunos, irritó a otros y dejó flotando en el aire un cierto escepticismo, ya que es la primera vez que un espectáculo proveniente de Alemania no está a la altura de las expectativas generadas entre el público.Pero también es cierto que esta clase de polémicas son buenas para cualquier Festival, porque revitalizan el hábito de ver teatro y dejar de lado varios prejuicios como el de suponer que esta actividad es solo para intelectuales.

La primera semana de Festival ofreció su punto más débil con el espectáculo canadiense
«Los ciegos». Los doce rostros proyectados en la oscuridad no lograron el efecto esperado con sus expresiones pétreas y su extraño movimiento de labios (adaptado al doblaje en español). A pocos minutos de iniciada la función ya se extrañaba la presencia viva de los actores y, sobre todo, sus voces naturales. Por más quietud que haya sugerido el autor (Maurice Maeterlinck) para estos ciegos perdidos en el bosque, el director de «espectáculos-collage» Denis Marleau terminó abusando de esta propuesta. En lugar de devolverle al texto su calidad simbólica, lo transformó en a un audiovisual monocorde y esquemático.

Pero la muestra tuvo su compensación con el exitoso debut del
Proyecto Cruce integrado por cuatro instalaciones urbanas, diseñadas por diferentes artistas y grupos interdisciplinarios. La primera fue «Pizzurno pixelado» de la que se exhibieron dos únicas funciones el sábado por la noche. Este sorprendente espectáculo ideado por la coreógrafa y videasta Margarita Bali, arrancó prácticamente en horario y a pesar de realizarse en las peores condiciones climáticas (frío intenso y una amenaza de lluvia que hacía clarear al cielo) logró reunir cerca de mil personas. Frente a la fachada del edificio ubicado en la Plaza Rodríguez Peña se proyectaron imágenes de video trabajadas digitalmente de manera tal que las ventanas del edificio se vieron invadidas por ojos, brazos y figuras de bailarines que trepaban por la fachada o se dejaban caer por el aire. El espontáneo aplauso del público festejó varios tramos del espectáculo sobre todo cuando aparecieron los bailarines en vivo y se pudo entrever el interior del edificio. El show duró unos 36 minutos y se repitió a las 22.

Es el primer espectáculo de estas características que se realiza en un edificio público de Buenos Aires. Dos de sus espectadores más entusiastas fueron
Gustavo López, secretario de Cultura, y el dueño de casa, el ministro de Educación Daniel Filmus. Para hoy se espera el lanzamiento de varios dirigibles sobre Plaza de Mayo que permanecerán en el aire durante casi una semana. Son parte de la instalación creada por Gabriel Valansi, profesor de diseño audiovisual de la UBA y un grupo de artistas que lleva por título «Antiaéreos».

Este tipo de globo fue utilizado durante la Segunda Guerra Mundial para obstaculizar los bombardeos enemigos y en este caso estarán asociados a los que sufrió la Plaza de Mayo en 1955. mientras dura la muestra.

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