Deliberadamente pequeña e inocua y hecha entre amigos
sin pretensiones, «Vida en Marte», el primer largometraje
de ficción de Néstor Frenkel, termina siendo una
amable sorpresa.
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A la cabeza de los mismos está Pareciera que el autor se toma pocas cosas en serio, y asimismo es difícil tomarlo a él en serio, algo que probablemente tampoco le interese.
En este caso, ¿se ríe de sus personajes, que son decidida, reiterada, insoportable, y al final encantadoramente pavotes, o él también los quiere de entrada? ¿Se ríe del público que va a ver películas de humorismo pavote, o se ríe con el público? ¿Se burla de los autodidactas que creen a pie juntillas en los fascículos coleccionables, o a lo mejor él mismo aprendió a filmar siguiendo las instrucciones de algún fascículo coleccionable, de esos cuya edición se interrumpe por falta de suficientes lectores? Y, ya que estamos, ¿se puede viajar a Marte? Porque por ahí dicen que de los inocentes es el Reino de los Cielos... Y es la inocencia (o, dicho en otro tono, la inocentada) de esta historia, la que nos termina desarmando, y nos hace apreciar con sus monigotes algunas cositas que siempre conviene tener presentes acerca de los sueños y los afectos, sobre todo los de tantos conocidos nuestros que parecen marcianos. Desde esta perspectiva,
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