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16 de junio 2009 - 20:21

«Up: una aventura de altura»

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El señor Fredricksen y el pequeño Russell: además de un estupendo film de aventuras, un homenaje a «El viejo y el mar».
«Up: una aventura de altura» («Up», EE.UU., 2009; dobl. al esp.). Dir.y Guión: Pete Docter y Bob Peterson. Animación.

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El viejo y el aire

El anciano señor Fredricksen ya no pertenece al mundo que lo rodea: su casa de madera, construida hace décadas junto con su esposa Ellie, permanece de manera casi antediluviana en un barrio donde la modernidad avanza a su alrededor y a él lo presionan para que venda; sin embargo, como esto no es «Milagro en la calle 8» (en la que los extraterrestres salían en defensa de los propietarios), el señor Fredricksen, luego de algunos enojosos episodios, recurre al cuentapropismo mágico: mediante un enorme manojo de globos, alza vuelo con su casa y se despide de la despersonalizada modernidad.

El señor Fredricksen es igual a Spencer Tracy: sus gruñidos, su hosquedad, su buen corazón, su baja estatura y hasta sus rasgos fueron copiados de manera casi idéntica y para el goce de un público que, en su enorme mayoría, ya no tiene ni idea de quién fue Spencer Tracy, aunque «Up» no esté dirigida sólo a los más chicos. Así, el viejo Fredricksen, como hace cincuenta años el innominado viejo Tracy que salía al mar en su barca, a merced de los tiburones, en «El viejo y el mar», despegan de un mundo en el que ya no tienen espacio, ni sobre el que ellos guardan mayor interés.

Pixar, en otro ejemplar largometraje de animación (y que sucede al más árido y menos emotivo «Wall E»), rinde un tácito homenaje a aquella historia de Ernest Hemingway que llevó a la pantalla John Sturges. El mar está trocado por el aire, la quimera final por la aventura heroica --aunque no menos melancólica--, y el niño cubano que ayudaba a Tracy por un desprotegido y rollizo boy scout, Russell, que se cuela como polizón en el viaje.

La relación entre ambos, claro, no es la misma: el señor Fredricksen no es el moribundo en su acto extremo y final, ni oculta --como Tracy-- el retrato de su esposa muerta para no provocarse más dolor: el viaje, ahora, es la realización de un inconcluso proyecto común de ambos, descubrir unas cataratas sudamericanas y, en su puesta en práctica, la generación de una nueva existencia desde la que podrá, también, ayudar a ese polizón que responde exactamente a los estándares de la modernidad que avanza: ignorado por su padre separado, malcuidado por su madre, solo y con un único fin en su vida: ayudar a cruzar la calle a un viejo. Va a lograr algo más.

Todo esto, desde luego, bajo la apariencia de un magnífico film de aventuras, en el que los chicos --según se vio en las funciones previas de prensa-- saltan de alegría en sus butacas: ellos tienen las prodigiosas escenas de acción con los globos y la casa que levanta vuelo, las peripecias en la selva con el aviador héroe devenido villano y sus perrazos maléficos que hablan, y hasta el mastín al que se le distorsiona la voz por la de una ardillita.

Pixar, con esta película, alcanza niveles de densidad artística pocas veces recorridos en el género: el racconto inicial, en escasas viñetas, de la vida del señor Fredericksen (que transita delicadamente por instancias tan poco habituales en un film para chicos, como representar la esterilidad de un matrimonio) bastaría por sí solo para justificarla.

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