Darío Volonté cantando "Vesti la giubba", de "I Pagliacci". fue el momento más trascendente del ya logrado nuevo espectáculo lírico del Teatro Argentino de La Plata.
«Cavalleria rusticana». Opera en un acto. Mús. P. Mascagni. «I Pagliacci». Opera en un acto. Mús.: R. Leoncavallo. Dir. mus.: M. Perusso. Dir. esc.: W. Landin. Orq., Coro y Coro de Niños Estables (Teatro Argentino de La Plata. Repite: 27/7).
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El tercer espectáculo lírico de la temporada 2008 del Teatro Argentino de La Plata estuvo conformado por las óperas veristas «Cavalleria Rusticana», con libreto de Targioni-Tozetti y Menasci, con música de Pietro Mascagni e «I Pagliacci», con música y libreto de Ruggero Leoncavallo. La producción escénica de estas dos obras, que la tradición ha unido para siempre, significó también un símbolo de la vida artística de su régisseur, Willy Landin, que fluctúa entre la más acérrima tradición y las experiencias renovadoras que últimamente tocan al espectáculo operístico. «Cavalleria», en la visión de Landin, implica un acercamiento a la estética realista con toques de tragedia griega. En cambio, «I Pagliacci» tuvo un tratamiento que innovó su encuadre habitual. Tal como sucedió con «El barbero de Sevilla» del Colón, ejemplo de «ópera-trash» y una reciente revisión de «Las mujeres sabias», de Moliére debidas al artista argentino en franca contradicción, por ejemplo, con su última «Bohéme» en el escenario del Teatro Colón.
En «Cavalleria», ambientada por una estupenda escenografía verista de Juan Carlos Greco y un vestuario rico en cromatismo de Nidia Ponce, la puesta busca la atmósfera de la tragedia mediterránea y lo logra. Convierte la acción en un «racconto», que se inicia y se clausura con la muerte de «Turiddu», única alteración de lo tradicional.
«I Pagliacci» se ubica en un piso de un supuesto canal de televisión de los años 40. Ahí el público en gradas observa las acciones de los payasos en el centro de la escena, siempre tomados por dos cámaras y un micrófono que registra la acción, proyectada por tramos en una pantalla central en el fondo del escenario. La alusión a la neurosis mediática es directa, con un auditorio siempre dispuesto a espiar la tragedia de celos y muerte que se apodera de los protagonistas. La atmósfera metafísica y la participación activa de las masas en la intimidad de las pasiones humanas parecen aquí unir las dos óperas con signos claros.
Lo dramático de los comportamientos y la acción siempre dinámica y bella (como en la escena de los trapecistas cubiertos por una lluvia de papeles plateados) sirven con efectividad a la definición estética del dúo de óperas.
La dirección musical de Mario Perusso apuntaló el espectáculo visual con una pasión que entendieron a la perfección los miembros de la Estable. El Coro dirigido por Sergio Giai tuvo algunas imprecisiones en las entradas en «Cavalleria», pero mejoró en «Pagliacci» con una notable performance. El coro de niños hizo su parte con disciplina.
Hubo que esperar hasta el «Vesti la giubba» cantado por Darío Volonté para apreciar el verdadero momento trascendente de la noche. La emoción y la musicalidad del tenor estuvieron al servicio del rol de Canio, que se prolongó a lo largo de toda la obra. Sería injusto no destacar, de todos modos, el profesionalismo y la calidad técnica de María Luján Mirabelli/Gustavo López Manzitti en « Cavalleria» y de Luis Gaeta y Marcelo Puente en «I Pagliacci».
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