Claudio Ariel P. había retornado al país tras un viaje de negocios por Italia, una nación que comenzaba a posicionarse como el foco europeo de la enfermedad. Al llegar al aeropuerto internacional de Ezeiza comenzó a sentirse mal. Fue a la clínica Swiss Medical, de La Recoleta, y el 3 de marzo se iba a convertir en el paciente cero argentino.
“Tenemos el primer caso de coronavirus confirmado en el país", avisaba a la población el exministro de Salud, Ginés González García.
Lo que vino después fue temor e incertidumbre por el aumento de casos y fallecidos en la ciudad que concentra la mayor población de todo el país. Imágenes de calles semidesiertas, algún delivery a las apuradas hacia su destino, la palabra "tapaboca" incorporada al lenguaje diario, el alcohol en gel en el listado de compras y las reuniones sociales para "cuando todo esto se termine".
Pero a un año de esa situación, el panorama muestra un paisaje porteño distinto pese a que el virus sigue vivo y se lleva víctimas en la ciudad. Hay una relajación social y es notoria en los polos gastronómicos y (escasos) espacios verdes porteños
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Barbijos mal puestos y aglomeración de personas en la urbe
Mariano Fuchila
Al caminar, por ejemplo, por la zona de Plaza Serrano (barrio de Palermo) un sábado por la tarde/noche se pueden observar bares y cervecerías sin respetar las indicaciones necesarias para evitar el contagio: comensales sin distanciamiento en la vereda y otros reunidos en una misma mesa adentro de un comercio que no tiene siquiera ventilación.
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A casi un año del aislamiento, la Ciudad presenta una relajación preocupante
Mariano Fuchila
¿Se sobrepasa la capacidad? Es difícil saberlo puesto que sólo unos pocos presentan un cartel en la puerta con el detalle de este límite, pero, a simple vista, lo que prima es el ingreso económico y aumentar las ventas.
El pasado 18 de febrero el Gobierno de la Ciudad extendió el horario de cierre de bares y restaurantes hasta las 2 de la mañana, lo que agudizó el problema: más tiempo, más gente.
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La Ciudad relajó su comportamiento ante el virus
Mariano Fuchila
La relajación, el contacto con otras personas y el momento provocan que el barbijo quede relegado.
La misma situación se observa en plazas y parques: en estos espacios se permiten reuniones con un máximo de diez personas, pero esta disposición tampoco se sigue y el uso del barbijo, menos aún.
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