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21 de septiembre 2007 - 00:00

Observan judíos Día de la Expiación

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«LeShaná Habá B'Irushalaim». Desde hace milenios los judíos de la diáspora vienen diciendo «El año que viene en Jerusalén» tres veces, repitiendo la promesa de regresar a la Tierra Prometida cuando -según la Torá- se cierran las puertas del Cielo hasta el año siguiente. Es la súplica que concluye las casi 26 horas del Iom Kippur (Día de la Expiación, mal llamado «del Perdón»), la fecha más solemne del calendario hebreo.

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Esta noche, al aparecer la primera estrella (como en todas las festividades y días de duelo del pueblo de Israel) comenzará el largo día en el que los judíos observantes ayunarán, rezarán y pasarán en sus templos. El «kippur» terminará mañana una hora después de la primera estrella, y marcará el fin de los « Iamim Noraim» (los diez «días terribles») que arrancaron en Rosh HaShaná (Año Nuevo). Según las Sagradas Escrituras, son los días que se toma Dios para decidir quién vivirá y quién morirá en el año que se inicia.

El veredicto divino es obviamente inapelable, pero hay tres cosas que los fieles pueden hacer para morigerar sus efectos: tefilá, tesuhvá, tzedaká ( oración, arrepentimiento, caridad). De ahí, seguramente, que muchos judíos sólo asistan a sus templos en Iom Kippur, y no observen ninguna otra fecha litúrgica o festiva.

El momento más sobrecogedor no es el cierre de la ceremonia sino el Izcor, la oración de recordación, que se practica el sábado a media tarde. Allí, quienes han perdido seres queridos (padres, hijos, esposos) oran por sus almas. Esto a pesar de que el sentido lato de la oración «Izcor Elohim» es justamente lo contrario: pedirleal Supremo que recuerde al mundo y a todos quienes lo habitan.

También se reza el «Kol Nidrei» ( todas las promesas), en la que se pide a Dios perdón por las promesas hechas pero que no se cumplirán durante el año, en razón de la debilidad humana.

La contrición que la fecha pide a los fieles incluye -para los muy ortodoxos- la prohibición no sólo de ingerir alimentos sino de beber, bañarse y hasta lavarse los dientes. Lo que se busca es que nada terrenal distraiga de la conexión divina que se establece ese día.

«LeShaná Habá B'Irushalaim» que se grita al finalizar el día, mezcla de promesa y ruego, ha cambiado de sentido: desde hace casi sesenta años los judíos de todo el mundo son libres de regresar (a vivir o de visita) a la que los israelíes califican como su capital «única, eterna e indivisible». Por eso, en muchos templos el Iom Kippur se cierra entonando el Hatikva («La Esperanza»), el himno nacional del Estado judío.

Después, para terminar el ayuno, las madres (judías, claro) abren sus carteras y bolsos y sacan cosas dulces que reparten entre su familia y también entre quienes están alrededor, que obviamente hacen lo mismo. El momento del intercambio de alimentos es emocionante y jubiloso, en fuerte contraste con la tristeza de las horas previas.

El saludo para esta fecha es «Gmar Jatimá Tová» («que seas inscripto y rubricado en el Libro de la Vida»), una imploración para que quien lo recibe haya sido elegido por Dios para tener un año bueno y en salud. Gmar Jatimá Tová, entonces, para todos nuestros lectores de fe judía.

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