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22 de octubre 2022 - 00:00

La seducción de las redes sociales: ¿se puede escapar de ella?

Consumimos cada vez más redes sociales, lo que resta tiempo para nuestra vida "real". Pero, ¿cómo salir de un mundo, al parecer, tan seductor para nuestras subjetividades?

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Envueltos por las redes sociales. 

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Las estadísticas son elocuentes: en Argentina pasamos un tercio de nuestra jornada usando el celular. De ese tiempo, la mayor parte se la llevan las redes sociales. Habitamos en ellas y somos atravesados por ellas. La pregunta es: ¿se puede salir, queremos hacerlo?

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La periodista y comunicóloga Mariana Moyano advierte sobre una seducción, al parecer, irresistible. “Vivimos en lo que algunos investigadores han dado en llamar un ‘capitalismo afectivo’. La emoción se convirtió en la última y más importante mercancía a vender. Esa lógica nace en la selfie y se expande en su plataforma favorita: las redes”.

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En su libro “Trolls SA” (2020), Moyano explica que “no podemos vivir sin vínculos, no somos sin relaciones. Somos tan gregarios que inventamos a Wilson cuando naufragamos. Y las redes sociales son hoy la plataforma para la vida pública. De hecho, nos potencian irremediablemente la sociabilidad. Ya no queremos ser astronautas, maestras o modelos. Queremos ser Trend Topic”.

Consultado por Ámbito, Alejandro Rost, profesor asociado de Periodismo Digital en la Universidad Nacional del Comahue, incluye el elemento químico en ese vínculo “tóxico” con las redes: “Todos queremos que lo que publicamos tenga reacciones. Y las plataformas aprovechan la dopamina que despierta cada nuevo ‘me gusta’ para mantenernos cautivos allí”.

Rost, doctor en Periodismo y Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, marca una contradicción, al señalar que “las redes sociales permitieron diversificar las posibilidades de comunicación, multiplicaron y amplificaron voces y agendas. Pero al mismo tiempo están concentradas en muy pocas empresas y sus algoritmos se convirtieron en filtros cada vez más poderosos y cerrados que deciden y editan los contenidos que llegan a los usuarios, sin que sepamos cuáles son los criterios”. Muchas voces en muy pocas manos. Acaso otra etapa superior del capitalismo.

Christian Ferrer, titular de la materia Informática y Sociedad, de la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA), lo sintetiza así: “Narciso, en el mito griego, tenía una preferencia exagerada por el espejo, y nosotros no queremos ser menos que él. Como el usuario de redes sociales teme volverse un ausente, un ser efímero, orienta sus ojos hacia donde todos miran, y además se publicita. ¿Qué otra cosa es posible sino “actualizarse” en un mundo que diferencia socialmente a las personas de acuerdo a su apariencia de juventud y belleza, lo que suele llamarse su “capital erótico”?”.

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En un reciente paper, Pedro Bermejo, neurólogo y presidente de la Asociación Española de Neuroeconomía, alertó sobre los “efectos negativos en las redes” ya que “puede dar lugar a la dependencia”.

“Parte del procesamiento cerebral tiene lugar en los circuitos relacionados con las recompensas. Cada vez que recibimos un ‘like’, una reacción, un comentario a una publicación, se libera dopamina (un neurotransmisor asociado a las emociones). De esta manera se activan los centros de recompensa y se incrementa la sensación de felicidad".

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Moyano avanza en esta lógica al establecer una comparación con las empresas tabacaleras y la adicción a la nicotina. “¿No es acaso lo mismo que sabemos que hacen Facebook, Twitter o Google? ¿No son los departamentos de retention, con sus estudios acerca de cómo los colores, modificaciones, estímulos e interacciones suben el engagement y el tiempo usado en la red, como la nicotina de las tabacaleras?”, plantea.

La autora incluso menciona las habituales discusiones (no exentas de insultos) que proliferan en las redes, como otro elemento explicativo: “Las grandes plataformas saben el efecto que producen y de qué manera esa generación de indignación, resentimiento e imposibilidad de acordar con el otro, mejoran sus ventas y su valor de mercado”. Estar enojados, pero estar.

La necesidad de exposición de lo privado en el ágora virtual explica nuestra presencia en las redes, según Ferrer: “Desde que hemos aceptado que una de nuestras misiones en el mundo es la de ser emisores de información, vivir desconectados no es una opción. Justamente la autocomprensión de nosotros mismos en tanto emisores mantiene en órbita cotidiana a las redes sociales. En este sentido Internet no tiene límites, se nutre del apremio a exponer, o bien confesar, qué es lo que hacemos o estamos pensando”.

Rost, finalmente, es optimista respecto de la relación sujeto-redes, y propone gestionar el uso que se hace de dichas plataformas. “Podemos fijar momentos de conexión/desconexión durante el día, establecer rutinas o tiempos específicos para conectarnos, responder a los requerimientos y luego dejar el celular y desconectar. Revisar cuáles son las notificaciones que vale la pena tener, por ejemplo. Administrar nosotros el tiempo y no ir detrás de la demanda inmediata que exigen las redes”, ejemplifica.

La propuesta es clara y concreta, pero puede aventurarse un fuerte obstáculo: el propio sujeto. Las redes sociales podrían ser un extraño laberinto borgeano, en donde entramos porque queremos perdernos y jamás salir.

Cada vez usamos más tiempo los celulares

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Las 5 actividades que se realizan con el celular

Un documental revelador sobre el desarrollo de redes adictivas

"El dilema de las redes sociales" (2020), de Jeff Orlowski, es un documental disponible en Netflix que aborda los riesgos psicológicos y políticos de redes como Facebook, Twitter, TikTok e Instagram. Abundan los testimonios de ex ejecutivos de esas compañías, detallando el propósito de desarrollar redes que sean adictivas, es decir, que hagan que el usuario permanezca el mayor tiempo posible dentro de ellas. La escena más emblemática es la de una adolescente que rompe el frasco donde la familia había metido su celular, intentando que se desconecte. La menor no pudo aguantar sin estar conectada a sus redes sociales.

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