Se fueron los coreanos

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La colonia coreana está en franca disminución: después de llegar a un pico de 50.000 miembros -según datos oficiales-, hoy no alcanzan a ser 20.000. La razón: muchos inmigrantes de ese país que llegaron a la Argentina escapando de las dificultades económicas, a partir de 2002 encontraron que acá era aún más complicado vivir. Eso coincidió con el boom económico que atraviesa Corea del Sur, que de país expulsivo pasó a ser demandante de mano de obra. Y otros siguieron a sus parientes más afortunados, radicados en Estados Unidos.

Los primeros inmigrantes coreanos llegaron en 1956, escapando de las consecuencias de la guerra Norte/Sur. La Argentina se presentaba para los ellos como un destino lejano pero accesible, en el que iban a encontrar trabajo digno y tierra propia. Pero fue a fines de los 90, con el acelerado intercambio comercial entre Corea y la Argentina, que se registró el máximo de habitantes coreanos en el país: 50.000.

¿Por qué son cada vez menos? El recorte de la presencia coreana en la Argentina comenzó en 2002, cuando la crisis económica afectó los negocios que tenían en el país. Igual que al resto de la población, los alcanzó la crisis. Gran parte de los talleres, fábricas y comercios en manos coreanas cerraron por la desaceleración del consumo.

Fue entonces cuando la Argentina dejó de ser atractiva para los inmigrantes coreanos, que optaron -según fuentes de la Embajada de Corea en el país-por nuevos destinos que ofrecían mejores perspectivas:

Estados Unidos, Canadá, China, México, Rusia y su propia patria, Corea del Sur. Los que se quedaron fueron los «ricos», aquellos que contaban con casas y negocios propios, y que pudieron resguardar sus intereses de la crisis. También los que tuvieron hijos en la Argentina, aprendieron castellano y lograron sintonizar su vida con la cultura local.

Atrás quedaron las épocas doradas cuando el entonces presidente Raúl Alfonsín creó el Acta de Procedimientos para facilitar el ingreso de inmigrantes coreanos a la Argentina -que se firmó en abril de 1985- y permitió la entrada de miles de inmigrantes provenientes de Corea.

Aunque los mismos coreanos lo nieguen o digan que desconocen el tema, el mito sostiene que el gobierno coreano les subsidiaba los u$s 30.000 que la Dirección Nacional de Migraciones argentina les exigía que debían depositar en el Banco Nación -en un plazo fijo por sesenta días-como requisito previo al otorgamiento de las visas. Por entonces, la economía coreana no florecía, su territorio estaba superpoblado y existía un fuerte y evidente déficit habitacional.

¿Cómo es la vida de los que se quedaron? Igual que hace veinte años, la mayoría de ellos sigue viviendo en el sur del barrio porteño de Flores, conformando la « pequeña Seúl», un área comprendida por las avenidas Eva Perón, Carabobo (cuyo último tramo fue renombrado «Corea»), Castañares y La Plata, zona conocida también como «barrio coreano», «Coreatown», «Little Korea» o «Little Seul».

Siguen dedicados al comercio y, según la Asociación de Empresarios Coreanos, 90% de ellos se dedica a la actividad textil, al frente de fábricas de indumentaria -algunas de ellas denunciadas en los medios por contratar a inmigrantes indocumentados de otros países-, y en las que imponen un estricto régimen de trabajo de 12 horas diarias, algo común para quienes viven en Corea.

Son los propios vecinos del Bajo Flores quienes afirman que es notable la diferencia en la cantidad de habitantes de origen oriental antes y después de 2001/2. «El movimiento golondrina es parte de la cultura coreana. Llegaron al país en busca de oportunidades económicas y se fueron cuando la Argentina no les dio más posibilidades», explica, no sin algún grado de prejuicio, Nora, una vecina que eligió Flores mucho antes de que allí se instalara la comunidad coreana.

La diferencia también es notable en el número de comercios en manos coreanas que antes abundaban en Rivadavia, Avellaneda, Aranguren y sus adyacencias, y también en el barrio de Once, donde casi habían desplazado a la comunidad judía, histórica «dueña» de esa zona comercial. En esos centros comerciales hoy escasean los dueños e inquilinos coreanos.

Lo confirma Kin Myung Chul, presidente de la Asociación de Empresarios Coreanos, quien afirma que «hoy hay 857 comercios coreanos en las zonas de Flores y Floresta, 600 de los cuales se dedican a la venta por mayor de indumentaria. Antes de la crisis de 2001/2, había más del doble».

Otras de las razones que los llevaron a abandonar la Argentina fue la creciente inseguridad.«Muchos fueron víctimas de violencia, robos y saqueos. Quedaron muy asustados y optaron por buscar nuevos destinos que les garantizaran mejores condiciones de vida», admite Chul.

  • Sin adaptación


    También dan como motivo de muchas reemigraciones la falta de adaptación, sobre todo en el caso de los mayores. Aun cuando las condiciones de vida en Corea no sean mejores, optaron por volver a la tierra de sus ancestros.

    «Para los jóvenes insertarse en esta sociedad fue más fácil. Prácticamente son argentinos porque vivieron toda su vida aquí», explica So Hyun Shin -que significa «sabiduría y juventud»- o Sonia, como le gusta que la llamen aquí para no tener que estar explicando reiteradamente cómo se escribe su nombre original. Esta joven de 26 años, hija de comerciantes coreanos, que llegó al país a los 2 años, es un ejemplo de los coreanos que se «argentinizaron», aprendieron el idioma, estudiaron en la universidad (es licenciada en Psicología en la UBA, una profesión que obviamente requiere un manejo perfecto del idioma), adoptaron la cultura local como propia y decidieron permanecer en el país.

    «Las familias coreanas que lograron arraigarse no vuelven a Corea, porque allí se vive a otro ritmo, el tiempo es oro y no existen espacios para la recreación ni los fines de semana en familia», afirma «Soni», aunque aclara que «muchos de los que lograron adaptarse y aprendieron el idioma la pasaron tan mal durante la crisis que decidieron probar suerte en otros países de América latina con cultura similar, como México».

    Los que más lamentan la pérdida de los numerosos clientes coreanos son los operadores inmobiliarios. «La cantidad de alquileres de locales y galpones a coreanos es 70% menos que hace diez años», aseguró un dependiente de la inmobiliaria «M. Palladino e Hijos» (que se negó a dar su nombre) ubicada en el Bajo Flores. «Esto afecta el negocio inmobiliario de la zona».

    Pero hay otros que festejan la ida de los inmigrantes de ese origen, desde posiciones casi racistas. «Desde que se asentaron en el barrio, el paisaje cambió: se multiplicaron los comercios y la basura en las calles. Esto devaluó muchísimo las propiedades. No tengo nada personal contra ellos pero me alegro de que sean cada vez menos los que eligen vivir acá para que la zona vuelva a ser lo que era hace más de veinte años», dijo Ana María, una vieja vecina de Flores, exponente de los que nunca aceptaron del todo la creación del «Coreatown».

    No obstante, el barrio jamás volverá a ser el mismo, aun cuando haya menos coreanos viviendo allí, y mal que les pese a los vecinos: es una zona que, por su bajo valor inmobiliario, atrae a inmigrantes que llegan con muchas ilusiones y poco capital. Ahora es el turno de bolivianos y peruanos, que toman el lugar dejado por los coreanos en el Bajo Flores. ¿A las «Ana María» del barrio también les parecerán indeseables?
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