Laiseca sigue vivo. Todas las noches reaparece con su imponente figura, por el canal I-Sat, contando cuentos de terror escapados de sus atesorados libros, forrados en papel madera, de esa biblioteca en la que algunas veces vivió. Sigue vivo, a pesar de haber muerto hace seis años -cuando estaba por cumplir 76, y tras ser honrado por colegas y amigos en la Biblioteca Nacional- en el permanente descubrimiento de sus obras, que lo hacen del fundador de ese “realismo delirante” que hoy cuenta con renombrados continuadores, y con quienes surgieron con fuerza en nuestras Letras luego de haber pasado por los estimuladores talleres de escritura creativa de Lai (como se lo llamaba con cariño) tanto en el Rojas como en alguno de los cambiantes lugares donde vivía. Dos de esos esos discípulos, Selva Almada y Sebastián Pandolfelli, rescataron de “los papeles de maestro Lai” tres obras, dos inéditas y una poco conocida, cabal muestrario del autor de “Los Sorias”,esa novela, la más extensa de nuestras letras, que llevó a calificarlo del “gran monstruo de la literatura argentina”. Acaso por esa desmesura que lo caracterizó se bautizó “Hybris” al conjunto que reúne las novelas “Camilo Aldao”, “La puerta del viento” y “Sindicalia”. “Hybris” palabra que impuso el teatro en Grecia para señalar a quienes hacían cosas que eran de dioses. Una palabra que se contrapone a la típica sobriedad y moderación de Lai. Y que se corresponde con su adhesión al paganismo y lo esotérico. “Camilo Aldao”, homenaje a su tierra de origen, es una nouvelle rabelesianamente negra, que según Almada es “su último esfuerzo por no entregar el Territorio Lai a las tropas de la muerte”. “Sindicalia” un feroz relato reivindicatorio antisindical, de los tiempos en que era miembro de la cofradía de Ithacar Jalí y Marcelo Fox. “La puerta al viento” una deuda de juventud, de cuando le pidió a Lyndon Johnson poder ir a combatir en Vietnam. En el realismo delirante de Laiseca se mezclaban la fidelidad con la traición, el romanticismo apenas murmurado con el sadomasoquismo activo, el anticomunismo con el autoritarismo que se le opusiera, la vida como guerra en los más diversos niveles, una imaginación que se desborda hacia el más básico lenguaje popular. Un atractivo encuentro con quien fuera ganador del Premio Boris Vian, tuviera la Beca Guggenheim y, entre otras actividades, fuera comentarista literario en el sector Cultura de este diario.

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