24 de junio 2026 - 00:00

Andrés Ridois y sus laberintos: el vino como obra, negocio y legado

Economista, escultor, diseñador, bodeguero y creador de marcas disruptivas, Andrés Ridois construyó una historia singular dentro de la industria vitivinícola argentina. Desde los laberintos borgeanos hasta las etiquetas inspiradas en Dante, su recorrido muestra cómo el vino puede convertirse también en una obra conceptual.

Economista, escultor, diseñador, bodeguero y creador de marcas disruptivas, Andrés Ridois construyó una historia singular dentro de la industria vitivinícola argentina.

Economista, escultor, diseñador, bodeguero y creador de marcas disruptivas, Andrés Ridois construyó una historia singular dentro de la industria vitivinícola argentina.

Andrés Ridois no llegó al vino por el camino tradicional. No nació dentro de una familia bodeguera ni se formó desde chico entre viñedos, barricas y cosechas. Su recorrido fue mucho más sinuoso: empezó en la economía, pasó por el arte, se detuvo en la madera, encontró en los laberintos una forma de pensar el mundo y, recién después, desembarcó en una industria en la que terminaría construyendo una identidad propia.

Ese tránsito explica buena parte de su lugar actual dentro del universo vitivinícola argentino. Ridois es empresario bodeguero, pero ante todo un artista. “El vino es una forma de arte”. Cada botella parece formar parte de una obra más grande, donde el líquido importa tanto como el nombre, la etiqueta, el estuche, la historia y la experiencia que se construye alrededor.

Ridois no se limita a pensar el vino como un producto. Es diseñador, comunicador, creador de marcas y un observador obsesivo de los detalles. Mendocino, nacido en agosto de 1975, atravesó diferentes etapas antes de encontrar su lugar en el mundo del vino. Se recibió de economista, pero pronto entendió que su búsqueda iba por otro lado. La creatividad, el trabajo manual y la necesidad de construir algo propio empezaron a empujarlo hacia una zona menos previsible.

Del laberinto de Borges al mundo del vino

El ingreso de Ridois a la industria vitivinícola tuvo un origen poco habitual. No fue una decisión de carrera ni una continuidad familiar. Fue, literalmente, un laberinto. Su trabajo vinculado a los diseños borgeanos lo acercó a la familia Catena, donde terminó abriéndose una puerta inesperada hacia el vino.

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A partir de ese vínculo, empezó a trabajar en proyectos que le permitieron conocer desde adentro una de las industrias más representativas de Mendoza. Participó del desarrollo de marcas, aprendió sobre comunicación, etiquetas, posicionamiento y construcción de valor.

Así llegó el laberinto, primero como objeto físico y luego como metáfora, y se convirtió en una clave para entender su recorrido. “Eso fue en 2005, yo no sabía nada de la industria ni tomaba vino, ahí empecé”, cuenta. Y es que ve la vida de esa manera; como un laberinto, con sus caminos y callejones, sus idas y vueltas. “Es interesante la vida cuando te la tomás como una aventura. La vida es una gran aventura, donde uno va pasando distintas facetas. La gente a veces encasilla en ser una sola cosa, y en realidad no somos nada y podemos ser todo”, sintetiza de una manera que lo define a sí mismo.

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Más tarde, su paso por Escorihuela y luego por el universo de Vicentín Family Wines, hoy reconvertido en Colosso Wines y Bodega Sottano, terminaría de consolidar ese perfil singular: el de un creador que entiende que el vino también se vende por lo que representa.

La fusión comercial entre Colosso Wines y Sottano, iniciada en 2016, fue otro mojón en ese proceso. Allí Ridois empezó a desplegar con mayor fuerza una idea que atraviesa toda su obra: la alta gama no se sostiene únicamente en la calidad técnica del vino, sino en la construcción de identidad. En un mercado competitivo, donde cada etiqueta pelea por diferenciarse, su apuesta fue ir más allá del discurso clásico de terroir, barrica y añada.

Ridois llevó al vino elementos propios del arte, la literatura, la espiritualidad, el teatro y el diseño. En sus manos, una botella dejó de ser solo un envase para convertirse en soporte de una narrativa. Esa lógica aparece en líneas como Los Mil Demonios, Los Arcángeles, El Purgatorio, Maldito o Judas, donde los nombres, los grabados, las cajas y los materiales buscan crear una experiencia estética completa.

Andres Ridois

“Un gran vino es un hombre de 50 años, tiene que madurar. Estás tomando tiempo. El vino es una obra de arte en la que a la persona le tenés que dar un concepto. Es un mundo complejo, tiene pensamientos, costumbres, tiempo, es una ecuación fascinante", dice.

La alta gama como identidad, tiempo y experiencia

El proyecto de Sin Reglas terminó de expresar esa mirada. Desde esa bodega, Ridois impulsó etiquetas de alta gama con procesos de elaboración cuidados, microvinificaciones, selección precisa de viñedos y un trabajo que combina tecnología, detalle artesanal y largo tiempo de guarda. En ese universo, la innovación no aparece como una ruptura con la tradición, sino como una forma de darle mayor precisión y carácter al producto final.

La bodega trabaja con salas de barricas con control de humedad, tanques con temperatura controlada y maquinaria moderna para acompañar procesos de elaboración en pequeños volúmenes. Esa estructura permite desarrollar centenares de microvinificaciones, cada una con una identidad propia, y sostener una búsqueda que no apunta al volumen sino a la diferenciación. “Si no tenés calidad el consumidor te abandona”, afirma.

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En la mirada de Ridois, la alta gama se construye con paciencia. No es solo precio ni exclusividad. Es tiempo acumulado, diseño, técnica, relato y coherencia. Por eso sus vinos no buscan pasar inadvertidos. Desde las etiquetas hasta los estuches, desde las referencias a Dante hasta las formas de madera inspiradas en pirámides, cada elemento funciona como parte de un sistema visual y conceptual.

Esa impronta también aparece en su faceta de diseñador de objetos. Ridois desarrolló muebles y piezas a partir de materiales reciclados de barricas de roble, aprovechando curvas, texturas y formas que vienen del propio mundo del vino. Allí vuelve a aparecer una idea central de su recorrido: nada se agota en una sola función. Una barrica puede contener vino, pero también puede transformarse en objeto artístico. Una etiqueta puede identificar una botella, pero también puede contar una historia. Una bodega puede ser un espacio productivo, pero también una escena.

El primer cabaret-bodega y una forma distinta de recibir visitantes

Uno de los ejemplos más visibles de esa búsqueda es el cabaret-bodega creado en el subsuelo de Bodega Sottano, en Luján de Cuyo. El espacio combina vino, gastronomía, ambientación estética, música, danza y acrobacia. La propuesta desarma la idea tradicional de visita a bodega y la lleva hacia una experiencia más cercana a una instalación artística.

La inspiración en la Belle Époque, el burlesque y los universos visuales asociados al purgatorio y al infierno refuerzan ese cruce entre vino y espectáculo. Allí, la degustación deja de ser el único centro de la experiencia. El visitante no solo prueba etiquetas: entra en un mundo diseñado para provocar sensaciones.

Y desde su mirada, la creatividad supera las crisis. Por eso la apuesta por romper con la idea de que el producto sea solo un fin de venta, en un contexto global en el que los mercados maduros están en un declive de consumo.

En una industria que desde hace años busca ampliar el enoturismo, generar mayor valor agregado y diferenciar la oferta mendocina frente a otros destinos internacionales, la propuesta de Ridois muestra una línea posible: convertir la bodega en un espacio cultural, donde el vino sea protagonista, pero no el único lenguaje.

El vino como obra, negocio y legado

A los 50 años, Ridois parece entrar en una nueva etapa. Después de construir marcas, desarrollar proyectos, atravesar crisis y afirmarse dentro de la alta gama, su búsqueda se orienta hacia una idea distinta: usar lo construido como plataforma para entregar conocimiento, impulsar proyectos y profundizar su costado artístico.

“La obra comienza en la idea y culmina en el producto. Mi presente es el futuro, porque yo soy un productor. Soy una máquina del tiempo”, sostiene.

La historia de Andrés Ridois resume una rareza dentro del vino argentino: la de un empresario que no quiere ser leído solo como empresario; la de un artista que encontró en la botella un soporte de expresión; la de un bodeguero que entiende que el lujo, para sostenerse, necesita identidad, paciencia y una narrativa capaz de sobrevivir al primer impacto visual.

En un mercado donde el consumo enfrenta desafíos y la industria busca nuevas formas de generar valor, su recorrido deja una enseñanza clara: la diferenciación no siempre nace de hacer más, sino de hacer algo que tenga una voz propia. Y en el caso de Ridois, esa voz mezcla madera, laberintos, demonios, arcángeles, vino mendocino y una decisión persistente de convertir cada proyecto en una obra.