Poco después, unas 300 personas se concentraron frente al Parlamento, en La Haya, para protestar contra el asesinato de Fortuyn. «Es culpa de los medios» de comunicación, gritaban enfurecidos algunos manifestantes. Otros repetían: «Holanda está enferma».
Después del inesperado auge del ultraderechista francés
Profesor de Sociología de 54 años, Fortuyn, la estrella ascendente de la política local, conmocionó a Holanda llamando a la supresión del primer artículo de la Constitución, que prohíbe las discriminaciones. Su remedio contra los toxicómanos: «¿Los drogadictos eligen dañarse? ¡Que las autoridades los ayuden! ¿Quieren más? ¿Una sobredosis? Ningún problema». A modo de bienvenida a los nuevos inmigrantes, Fortuyn proponía un cartel indicando que Holanda «ya está llena». Mientras que para los refugiados políticos consideró que una «tienda y un poco de comida» en su país de origen bastaban.
En tanto, las reacciones tras la muerte del derechista no tardaron en llegar. El primer ministro británico,
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