Haret Hreik, Líbano - Los bombardeos aéreos no otorgan tiempo para reaccionar. Sólo se escucha un ronroneo en el cielo. El ruido apagado del motor de un caza israelí. Un segundo más tarde, una espantosa deflagración. La onda expansiva provoca la caída de despojos desde los edificios dañados por explosiones anteriores.
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Resulta sorprendente, pero los residentes de Haret Hreik disponen de algún tipo de alerta que les permite adivinar los ataques de la aviación enemiga. El doctor Yasme, de 32 años, ni siquiera tuvo tiempo de explicarse. Tan sólo dijo que estaba recolectando pan para su familia.
Su relato se cortó con un explícito: «¡Nos tenemos que ir!». Después partió a la carrera como el resto de los escasos transeúntes que circulaban por el suburbio. «¡Boom! ¡Boom!». Correr entre ruinas resulta complejo. Los locales prefieren buscar refugio entre los bloques de departamentos devastados.
«No suelen atacar dos veces el mismo sitio», explica con una convicción difícil de sustentar Mohamed Jafa, de 32 años. Son las 12 del mediodía. El bombardeo israelí guarda una cierta pauta. Una explosión cada 5 o 10 minutos. Suficiente tiempo para que algunos vehículos abandonen el lugar en una desquiciada carrera.
Tras 24 horas de repetido hostigamiento de los cazabombarderos israelíes, Haret Hreik ha dejado de ser un bastión de Hizbollah. Ahora no es sino un barrio casi desierto. Una sucesión de ruinas envueltas en una suerte de neblina provocada por el polvo que ha dejado la destrucción.
En el entorno de lo que fue el cuartel general de Hizbollah y la sede de su televisión, Al-Manar, se podía divisar bloque tras bloque de apartamentos arrasados. Algunos se habían desplomado hasta los cimientos. Bloques de más de una decena de pisos reducidos a escombros. Varios incendios continuaban ardiendo entre los edificios derrumbados.
Mohamed Handan había regresado al barrio de Haret Herik sólo para comprobar cómo se encontraba su residencia. «Nos marchamos hace tres días como el resto de la población. Decenas de miles huyeron», explicó.
La mitad del recinto residencial había desaparecido. Barrido por la furia de las bombas. «No importa. Iremos hasta el final. La resistencia pertenece al pueblo. Ahora no es como en 1982. No somos palestinos. Esta es nuestra tierra», dijo antes de continuar su marcha.
Haret Hreik y todos los suburbios del sur de Beirut conocidos globalmente como Dahiyah no son extraños a las catástrofes. Estos lugares en los que viven cerca de medio millón de personas disponen de una historia compleja.
Miseria
Hasta la guerra civil de 1975, la zona tan sólo era conocida como el «cinturón de la miseria». Un reducto donde se hacinaban los desposeídos procedentes del valle de la Bekaa y del sur del Líbano. El paroxismo de la violencia llegó en 1982 con la invasión israelí.
Enclaves como Bir Hasan, Ghobeiry o el propio Haret Hreik fueron machacados de manera sistemática por las fuerzas del país vecino. Los capitalinos todavía recuerdan las palabras del entonces primer ministro israelí Menahem Begin: «Escapen para salvar la vida, a pie o en auto, pero abandonen Beirut».
Esta vez los israelíes también lanzaron panfletos instando a sus habitantes a huir del lugar. La evacuación efectiva del área parece haber evitado un costo humano abrumador. De hecho, en los hospitales del área los heridos no pasaban del medio centenar y ninguno contabilizaba muertos.
«Los israelíes no entienden que estos bombardeos provocan la unión de los libaneses. Es cierto que no hay tantos muertos como en 1982, pero los daños materiales son increíbles. En cinco días destruyeron lo que tardamos 15 años en rehabilitar. ¿Es que los puentes son de Hizbollah?», dijo el médico Mazih Garios, responsable del hospital Monte Líbano.
Incluso bajo la primacía del despropósito que supone cualquier guerra, en Monte Líbano la naturaleza continuaba su curso. Al lado de los heridos, y bajo las detonaciones cercanas, tres bebés de días dormitaban plácidamente en sus incubadoras.
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