3 de junio 2005 - 00:00

Blair apuesta ya a Unión dominada por los moderados

Tony Blair
Tony Blair
Londres - La crisis europea, vista por Tony Blair, es un laberinto lleno de tesoros, pero también de trampas. La oportunidad consiste en llevar de gira continental su «tercera» vía y predicar desde púlpitos que hasta ahora le habían sido negados. El peligro radica en un nuevo choque frontal con su viejo enemigo Jacques Chirac y que sus mandamientos liberales provoquen más irritación todavía en Francia y Alemania.

Blair se cree un hombre persuasivo -la reciente historia del país lo avala- y contempla la próxima presidencia británica de la UE como una ocasión inmejorable para llevar el nuevo laborismo al otro lado del Canal de la Mancha y convencer a 450 millones de europeos de la necesidad de liberalizar la economía, hacer más flexibles los mercados laborales, controlar la inmigración, crear nuevos mercados y abrir las puertas a Turquía.

• Instinto

Si convenció al Labour de que renunciase al socialismo, considera igual de factible persuadir a la vieja Europa de que renuncie a un estado de bienestar anquilosado, demasiado caro, que frena el crecimiento económico y no responde a los desafíos de la globalización.

Ese es el instinto natural de Blair, y más aún con Chirac y Gerhard Schröder debilitados por el referendo francés y las elecciones de Renania del Norte-Westfalia, el motor de Europa ralentizado y una urgente necesidad de liderazgo en Bruselas. Es la misma agenda que procuró impulsar cuando llegó al poder en 1997 y cayó víctima del crédito político perdido con su apoyo entusiasta a la guerra de Irak.

Blair no quiere ser el primero en cancelar su referendo y dar por muerto el proceso de ratificación, para que nadie diga que fue Gran Bretaña la que mató el sueño europeo.

Pero tanto Downing Street como la oposición dan por muerta y enterrada la Constitución, aunque otros gobiernos nieguen la evidencia de que el cadáver ha empezado a enfriarse y sigan aplicándole la respiración artificial.

El líder laborista no quiere dar pie a Chirac para que le devuelva la pelota de la guerra iraquí
-cuando Londres denunció el veto de París a la segunda resolución de la ONU- y se produzca un enfrentamiento diplomático que empañe las «cuestiones reales» que han de afrontarse, y que a su juicio son la desregulación económica, la afirmación de un modelo que combine la libertad de los mercados con la justicia social, la gestión de la inmigración, la creación de empleo y nuevos mecanismos de decisión adaptados a la ampliación del club a veinticinco miembros. Blair piensa ya en una Europa con Nicolas Sarkozy en el Elíseo y Angela Merkel en la cancillería alemana. El premier británico cree que la corriente fluye a su favor, con la incorporación a la UE de países del Este que prefieren el neoliberalismo anglosajón al desprestigiado modelo social franco-alemán, y habla con la mano en el corazón -y no con el cinismo de los políticos- cuando afirma que el progresismo no consiste en reducir la jornada laboral y perpetuar los derechos de una fuerza laboral insolidaria y envejecida, sino en estimular la productividad, premiar el rendimiento y dar entrada a los jóvenes.

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