Londres - Tony Blair fue reelegido primer ministro pero el auténtico ganadorde las elecciones es su segundo de a bordoy canciller del Exchequer (ministro de finanzas), Gordon Brown. Blair hace historia al conquistar un tercer mandato para el laborismo, pero es una figura en retirada. El futuro del partido y del país se llama Brown.
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¡Cómo han cambiado las cosas en pocas semanas! El primer ministro entró pisando fuerte en la campaña, empujado por los sondeos y con la gente aburrida ya del tema de Irak, dispuesto a decapitar a su díscolo ministro de finanzas, relegarlo al Foreign Office ( cancillería) y potenciar a alguno de sus delfines (Charles Clarke, Peter Hain, John Reid, Alan Milburn...) como heredero del trono. Pero el guión no se desarrolló conforme estaba previsto.
Un deslucido comienzo de campaña por parte del Labour, y el avance «tory» con una plataforma xenófoba de rechazo a la inmigración, hicieron cundir el pánico en la corte de Blair. El líder, que s i e m p r e afronta las elecciones con una sobredosis de pesimismo (se formó políticamentedurante la larga travesía del desierto l a b o r i s t a , cuando Margaret Thatcher parecía imbatible), cambió de sintonía y pidió auxilio a Brown. Siempre ha recurrido a tres personas cuando las cosas se le tuercen: el ministro de Economía y aparente sucesor, el estratega Alastair Campbell (dimitido tras el caso Kelly) y el comisario europeo Peter Mandelson (que tiene el dudoso récord de haber sido expulsado dos veces del gabinete por escándalos de Gordon Brown conflicto de interés). Los pactos entre Blair y Brown escriben la historia del nuevo laborismo pero están llenos de más misterio que «El código Da Vinci». En teoría acordaron que el primero sería líder y el segundo tomaría el relevo en un tiempo prudencial que todavía no ha llegado, pero que se acerca ya a la última curva.
• Tensiones
La ambigüedad, así como la falta de testigos y documentos escritos, han creado inevitables tensiones entre el número uno y el número dos, que a veces estuvo a punto de patear el tablero. La olla a presión ha hecho mucho ruido pero nunca llegó a estallar. Y es que ambos son como hermanos siameses que se necesitan mutuamente para la supervivencia política, unidos por el cordón umbilical de la Tercera Vía.
La historia oficial de la campaña es que Blair lanzó la petición de socorro y Brown acudió en su auxilio a pesar de sentirse traicionado por la promesas incumplidas. Así, el ministro de finanzas se llevará los laureles como salvador in extremis si la victoria se confirma finalmente como moderada y, además, como antídoto del veneno de Irak y de la desconfianza que inspira el premier.
Hombre que no sabe ocultar su humor, a Brown se lo ha visto en los últimos días sonriente y relajado, en paz consigo mismo. De querer cortarle el cuello, Blair pasó a depender de él, a poner la estrategia electoral en sus manos, a aceptar su resistencia al euro y su lenguaje de un consenso progresista que ponga límites a la entrada del capital privado en los servicios públicos. A cambio, el ministro de finanzas se lanzó de lleno a la campaña y defendió la integridad de Blair respecto de Irak. Los viejos amigos han hecho las paces, de cara a la galería.
Se trató de unas elecciones sin precedentes, porque el primer ministro garantizó que serán sus últimas y todo el mundo piensa ya en el futuro. Blair dice que seguirá los cuatro años del mandato pero las presiones para que pase antes el timón serán muy fuertes, más aún si pierde el plebiscito sobre la Constitución europea.
La contradicción de Brown es que heredará antes si el líder tambalea pero le conviene subir al trono en pleno apogeo, no con un gobierno desgastado y los «tories» golpeando la puerta. Ya casi nadie duda que Brown tomará el bastón de mando, pero la cuestión es cuándo.
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