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10 de abril 2003 - 00:00

Cayó el régimen en Irak

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Soldados de EE.UU. taparon ayer con una bandera de su país el rostro de la principal estatua de Saddam Hussein en la capturada Bagdad (izquierda). Con ayuda de un grupo de ciudadanos, la derribaron (centro), permitiendo que éstos destruyeran sus piezas y mostraran su odio al dictador (derecha).



















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Nunca dejará de discutirse esta guerra. Si fue justificada la fiereza a sangre y fuego con la que se la encaró. Posiblemente se sabrá que hubo miles de muertos y heridos. Y seguramente se discutirá por las previsibles venganzas terroristas que sobrevendrán.

No se encontró un arma química o de destrucción masiva, que fue el motivo de esta masacre. No las había y, si se las sacó del país, se conocerá con más muertes que vendrán con atentados. No encontrarlas juega hoy contra Estados Unidos y Gran Bretaña.

También contra Saddam Hussein, hijos y comandantes que anduvieron con ocultamientos, sin viajar donde sea para explicarlo, pidiendo miles de investigadores sobre lo prohibido. Nunca el régimen dio la sensación de certeza de su desarme y el pasado lo condenaba.

Podrá discutirse el método, pero no lamentarse la caída del régimen de Saddam, que tenía una fuente valiosa de ingresos, el petróleo, y mantenía a la población en pobreza, dependiendo en 60% de alimentos externos y gastando el dinero público en monumentos, estatuas y lujosos palacios.

Si hay culpas en la coalición, hubo también enajenación en ese régimen dictatorial y en Saddam, que superpobló Irak con sus estatuas gigantescas y sus múltiples cuadros en un esquema de personalismo cercano a la demencia.

Además, ¿creían -como afirmaban- que iban a ganar con armas simples y sólo fanatismo a la moderna tecnología de una tremenda fuerza militar invasora? ¿Sin apoyo aéreo, sin misiles modernos? Pareciera que la enajenación de los jerarcas del régimen los llevó a una inmolación total, incluyendo sus propias vidas o la clandestinidad permanente.

Todas son dudas todavía, mientras se concluyen los combates. ¿Pensarán los jerarcas de Saddam en una continuación de la guerra vía sabotajes, hasta provocar más víctimas de norteamericanos de lo que calculaban que lograrían con sus fuerzas fanatizadas pero de armamento elemental para una guerra moderna y más contra superpotencias?

Si la segunda etapa de esta guerra puede ser el terrorismo, cabe preguntarse dónde ocurrirá. ¿En Irak o en el mundo?

Más allá del tremendo derramamiento de sangre y su difícil justificación en relación con las vidas que costó y aún costará en Irak, podría verse una cierta mejora para Occidente: no se admitirán más dictaduras, del islamismo o de cualquier personalista. La guerrilla del narcotráfico en Colombia o los desplantes con intentos nucleares de Corea del Norte, en dos extremos, tomarán nota de que si Estados Unidos pudo con lo que más hoy lo enfrentaba, el régimen de Saddam Hussein, puede fácilmente enfrentar lo que lo hace en menor medida.

Israel será más respetado aunque tenga que admitir un Estado Palestino, quizá. Irán no podrá con facilidad y sin represalias venir a la Argentina y volar la AMIA y la Embajada de Israel.

El terrorismo podrá refugiarse en grupos de violentos pero no en países, después de lo ocurrido en Afganistán e Irak. Es importante.

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