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Charles Duelfer, jefe de un equipo de expertos liderado por la CIA que ha buscado infructuosamente armas de destrucción masiva en Irak tras la invasión de ese país en marzo de 2003, afirmó que el riesgo de que los rebeldes adquieran el know-how para fabricar armas químicas rudimentarias "sigue siendo una preocupación importante".
La advertencia figura en la última parte de un informe realizado por el Grupo de Investigación en Irak, que afirma que el presunto arsenal de armas químicas y biológicas que el gobierno estadounidense utilizó como argumento para justificar la invasión no existía.
El apéndice del informe reafirma esa conclusión, y en él Duelfer señala que la investigación "ha llegado tan lejos como es posible" y las fuentes de datos disponibles sobre los programas armamentísticos de Bagdad "han sido agotadas".
Pero por primera vez, el grupo exhibe pruebas de que los insurgentes intentan establecer laboratorios de armas químicas con apoyo de científicos iraquíes que trabajaron para el depuesto régimen de Saddam Hussein, y en al menos dos ocasiones usaron contra la coalición municiones químicas sobrantes de la guerra de los años 80 entre Irán e Irak.
Según el informe, lo más probable es que los atacantes "no supieran que las municiones contenían agente CW porque los proyectiles no llevaban marcas que indicaran que contenían" esa sustancia tóxica.
En otro ataque, un proyectil con gas mostaza fue usado como parte de un artefacto explosivo improvisado, el 2 de mayo de 2004, fuera del cuartel de Abu Ghraib, afirma el documento.
La sustancia, según Duelfer, era vieja y estaba "degradada hasta tal punto que era ineficaz".
Sin embargo, los rebeldes están dando pasos concretos para adquirir un arsenal más potente.
"Hay múltiples informes de iraquíes con conocimientos genéricos químicos y biológicos ayudando a los insurgentes", advierte el investigador.
La CIA supo que un científico iraquí asociado con el programa de armas de destrucción masiva de Irak antes de la Guerra del Golfo de 1991 estaba ayudando a la insurgencia, mientras otro se halla involucrado en intentos clandestinos por producir proyectiles químicos de mortero, según el informe.
Además, una serie de laboratorios químicos clandestinos aliados con extremistas sunitas, conocida como la red Al Abud, fue encontrada en Bagdad y sus alrededores.
Lo que complica la situación es que las fábricas químicas de Muthanna y Faluya -antiguos componentes clave del programa armamentístico de Saddam Hussein- fueron totalmente saqueadas tras la invasión estadounidense.
Además, las agencias de inteligencia estadounidenses parecen tener problemas para determinar la cantidad exacta de científicos iraquíes que trabajaban en la producción de armas de destrucción masiva antes de 1991.
Según Duelfer, eso es "imposible de cuantificar", porque la cifra de 3.500 suministrada por el gobierno de Saddam Hussein a la ONU estaba artificialmente inflada para confundir al organismo, y los servicios de inteligencia estadounidense creen que en realidad eran unos 1.000.
Pero según el informe, apenas 105 de los funcionarios buscados han sido capturados.
Un experto iraquí en la fabricación de cohetes fue llevado a Irán a pedido de los servicios de inteligencia de ese país, según la CIA, que menciona la posibilidad de que otros científicos hayan sido similarmente reclutados por otros países.
Duelfer afirma que hay "sólo informes muy limitados" sobre ese tipo de reclutamiento, pero advirtió que uno sólo de esos expertos, de incorporarse al programa de armas de un país hostil, podría causar suficiente daño.
Los investigadores también concluyeron que es "poco probable" que las armas de destrucción masiva iraquíes hayan sido oficialmente llevadas a Siria tras la invasión, pero no descartan traslados informales.
De hecho, señalan que existe información "acerca de movimiento de material (bélico) fuera de Irak" que resulta "suficientemente creíble como para ameritar mayores investigaciones".
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