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10 de mayo 2002 - 00:00

Cómo prepara Saddam para un a ataque de EEUU

Mientras EE.UU. incrementa las señales de que podría lanzar un ataque contra Irak, el régimen de Saddam Hussein acelera sus preparativos para una guerra que considera inevitable. Esta nota de la periodista Johanna McGeary cuenta en detalle esas acciones y revela costados poco conocidos del Irak de hoy: la obsesión del líder por evitar un atentado en su contra, sus nuevos hábitos, las luchas palaciegas entre sus hijos, el fortalecimiento de la capacidad militar del país y las señales de un cierto bienestar económico para asegurarse el favor popular.

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Las manifestaciones oficialistas en Irak suponen un esfuerzo del régimen para advertir al mundo que su derrocamiento no será sencillo.

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Mientras llegan los invitados de honor, grupos de niñas en edad escolar, entre ellas una unidad ataviada con las máscaras negras que delatan a los aspirantes a terroristas suicidas, interpretan bailes dedicados al «pulso de la vida» de Saddam. Una hilera interminable de personas, tal vez unas 10.000, marcha ante él cantando: «Feliz cumpleaños, presidente Saddam Hussein, que nos llevaste a la victoria!».

El problema es que el hombre que se alza sobre el imponente podio no es Saddam Hussein, sino Ali Hassan Al-Majid, el amigo íntimo de Saddam, al que los extranjeros llaman «Ali el químico» por ser el supervisor de los ataques con gas venenoso que en 1988 mataron a miles de kurdos iraquíes. Al-Majid levanta el brazo derecho con la palma hacia arriba, el mismo gesto que usa Saddam, sonriendo ante los cantos de la multitud, como si fuera el propio gobernante. «Sacrificamos nuestra sangre y nuestras almas por ti, Saddam», entona la multitud.

Saddam no está en la fiesta de Tikrit, ni en ninguno de los demás desfiles y celebraciones organizados por todo Irak durante los seis días que dura su fiesta de cumpleaños. Es, más que nunca, un gobernante invisible, que ejerce su autoridad desde las sombras donde se esconde de asesinos en potencia. La finalidad de estos festejos exhibicionistas era enviar un mensaje a cualquier ciudadano iraquí que se sienta inquieto y a cualquier gobierno extranjero que esté pensando en derrocarlo. Es un omnipotente maestro de marionetas capaz de lograr que toda la nación lo alabe en público a modo de rudo recordatorio. Es su manera de decir al mundo: todavía estoy aquí; no les será fácil librarse de mí.

El gobierno de Bush espera que la superficialidad de esa escena de cumpleaños sea una metáfora del estado del régimen de su archienemigo: frágil y putrefacto por dentro, sostenido únicamente por la fuerza y los sobornos. La Casa Blanca ha concluido que Saddam supone un peligro real e inminente que debe ser eliminado. «Es un hombre peligroso que posee las armas más peligrosas del mundo», ha declarado el presidente estadounidense. «A las naciones amantes de la libertad les corresponde hacerlo responsable de ello, que es precisamente lo que van a hacer los Estados Unidos».

Mientras el presidente Bush telegrafía repetidamente su intención de terminar con Saddam, el líder iraquí no espera de brazos cruzados precisamente. «No es tan ingenuo como para ignorar la gravedad de esta amenaza», dice Wamidh Nadhmi, especialista en Ciencias Políticas de Bagdad que mantiene contactos con el régimen. «Sabe que a Bush le será muy difícil retractarse una vez declaradas sus intenciones.» Hay signos de que Saddam se está preparando para el ataque: está reforzando su guardia personal y el partido oficialista Baath, y reorganizando el ejército mientras juega a los aplazamientos diplomáticos con la ONU. Tanto Washington como Bagdad prevén una confrontación. Y así es cómo se percibe desde dentro de Irak.






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