Londres - El Labour tiene miedo por primera vez desde la llegada al poder de Tony Blair, los liberal-demócratas cuestionan a su líder, y los «tories» creen tener posibilidades realistas de recuperar el gobierno cuando se celebren las próximas elecciones. Con su aire juvenil, moderno y moderado, David Cameron ha revolucionado la política británica en menos de tres meses y ha obligado a reposicionarse a los partidos rivales. Desde 1997, Blair ha sido el único monstruo político en el Reino Unido, el incuestionable rey de la selva electoral. Pero aunque su contribución se limite por ahora a las imágenes y los gestos, el fenómeno de 2005 se llama Cameron. La prensa y los votantes, tal vez aburridos del monopolio laborista y deseosos de un poco de marcha, han tenido un flechazo con el nuevo líder conservador y quieren verlo como un potencial primer ministro.
Es demasiado pronto para saber si se tratará de un enamoramiento efímero, porque faltan al menos tres años y medio para los próximos comicios generales. Cameron no tiene prisa por elaborar políticas concretas que den metralla al Labour y ningunade las batallas libradas hasta ahora puede considerarse un bautismo de fuego. Surgió de la nada virtual para pronunciar un discurso sin papeles en el congreso «tory» de Blakpoool que lo catapultó a la fama, ofrece una imagen cálida y ha puesto al Partido Conservador a la izquierda, en busca de ese centro político que es el Valhalla electoral del Reino Unido: unos cuantos cientos de miles de votos en los suburbios de clase media.
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Cameron se mantuvo firme ante el gigante Blair en los dos debates parlamentarios desde su ascenso al trono conservador, pero tampoco puede decirse que los haya ganado. Su gran reválida y el más difícil de los sudokus consiste en cómo combinar bajos impuestos con el gasto público necesario para mejorar la salud, la educación y el transporte.
Por mucho que falte para las próximas elecciones, las encuestas siempre ponen nerviosos a los políticos. Y el hecho de que el compendio de todas ellas sitúe a los «tories» al frente por primera vez desde el declive iniciado el miércoles negro de 1992 (cuando el país tuvo que salir del sistema monetario europeo y devaluar la libra), neutralizando una clara ventaja laborista de ocho puntos en el verano boreal, ha sembrado pánico en Downing Street. ¿Tiene Blair la energía y las ganas suficientes para resistir el envite? ¿Convendría que pasara cuanto antes los trastos a su sucesor, Gordon Brown? ¿ Parecerá viejo y usado el cincuentón Brown en comparación con el nuevo director de orquesta conservador? ¿Habrá una auténtica rebelión de la vieja guardia por las reformas educativas?
Por el momento, el Labour viaja con piloto automático, con Blair de chofer y Brown en el asiento trasero, en espera de que los acontecimientos den respuesta a tanto interrogante, los analistas empiecen a ver defectos a Cameron, éste meta la pata o los votantes reconozcan que la economía va bien y resistan la tentación de mover la barca. Pero en sí mismo ya es revolucionario que por primera vez desde el '97 los laboristas se asocien con el continuismo y la estabilidad, y los conservadores, con la novedad y la aventura.
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