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20 de marzo 2003 - 00:00

El dilema de la guerra a Irak

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Una comedia repleta de miserias, la de los inspectores. Una comedia de vil doble juego y de complicidad. Una comedia llena de estrategias equivocadas por parte de Bush que, teniendo el pie en los estribos, pedía al Consejo de Seguridad permiso para hacer la guerra y, al mismo tiempo, enviaba las tropas a las fronteras de Irak. En menos de dos meses, un cuarto de millón de soldados. Con los ingleses y australianos, más de 300.000. Y eso sin tener en cuenta que los enemigos de América (o de Occidente debería decir) no están sólo en Bagdad. Porque sus enemigos están también en Europa, señor Bush. Están en París, donde el melifluo Chirac pasa ampliamente de la paz, pero sueña con satisfacer su vanidad con el Premio Nobel de la Paz.

Donde nadie quiere derrocar a Saddam, porque Saddam es el petróleo que las compañías petrolíferas francesas extraen de Irak. Y donde, olvidando el pequeño lunar llamado Pétain, Francia sigue teniendo la napoleónica pretensión de dominar la Unión Europea. Asumir su hegemonía. Sus enemigos, señor Bush, están en Berlín, donde el partido del mediocre Schröder ha ganado las elecciones comparándolo con Hitler. Donde las banderas americanas se ensucian con la esvástica, símbolo de la Alemania nazi. Y donde los alemanes van de la mano de los franceses, creyendo que son nuevamente los amos. Sus enemigos, señor Bush, están en Roma, donde los comunistas salieron por la puerta para entrar por las ventanas como los pájaros de la homónima película de Hitchcock. Donde los curas católicos son más bolcheviques que los comunistas. Y donde afligiendo al próximo papa con su ecumenismo, su tercermundismo y su fundamentalismo, Karol Wojtyla recibe a Aziz como si fuese una paloma con la rama de olivo en el pico o un mártir a punto de ser devorado por los leones del Coliseo (y después lo manda a Asís, donde los frailes lo acompañan hasta la tumba de San Francisco, pobre San Francisco). Y en los demás países, lo mismo o peor.

¿Todavía no le han informado sus embajadores? Señor Bush, en Europa hay enemigos de Estados Unidos por todas partes. Lo que usted llamaba diplomáticamente «diferencias de opinión» es odio puro. Un odio parecido al que exhibía la Unión Soviética hasta la caída del Muro. Su pacifismo es sinónimo de antiamericanismo y, acompañado de un profundo renacimiento del antisemitismo, triunfa igual que el Islam. ¿Sabe por qué? Porque Europa ya no es Europa. Se ha convertido en una provincia del Islam, como España y Portugal en tiempos de los moros. Europa alberga 16 millones de inmigrantes musulmanes, es decir, el triple de los que hay en América (y América es tres veces mayor). Europa hierve de mulás, de ayatolás, de imanes, de mezquitas, de turbantes, de barbas, de burkas, de chadores. Y cuidado con protestar.

Europa esconde miles de terroristas que nuestros gobiernos no consiguen ni controlar ni identificar. Por eso, la gente tiene miedo y enarbola la bandera del pacifismo, pacifismo igual a antiamericanismo, y así se siente protegida. Y por si eso fuera poco, Europa olvidó a los 221.484 americanos muertos por ella en la Segunda Guerra Mundial... Le importan un bledo sus cementerios en Normandía, en las Ardenas, en los Vosgos, en el valle del Rin, en Bélgica, en Holanda, en Luxemburgo, en Lorena, en Dinamarca o en Italia. En vez de gratitud, Europa siente envidia, celos y odio. Ninguna nación europea apoyará esta guerra, señor Bush. Ni siquiera las realmente aliadas, como España, o las dirigidas por tipos como Berlusconi que lo llama «mi amigo George». En Europa usted sólo tiene un amigo y un aliado: Tony Blair. Pero incluso Blair dirige un país invadido por los moros y lleno de envidia, celos y odio hacia Estados Unidos. Incluso su partido lo persigue y le vuelve la espalda. Por cierto, tengo que pedirle disculpas, señor Blair. Porque, en mi libro «La rabia y el orgullo», fui injusta con usted. Equivocada por su exceso de cortesía hacia la cultura islámica, escribí que era usted una chicharra entre las chicharras, que su coraje era flor de un día y que, una vez que ya no le sirviese a su carrera política, lo dejaría de lado. Pero la verdad es que está sacrificando su carrera política en aras de sus propias convicciones. Con una impecable coherencia. Pido disculpas de verdad y retiro incluso la dura frase que aumentaba la injusticia: «Si nuestra cultura tiene el mismo valor que una cultura que obliga a llevar el burka, ¿por qué pasa las vacaciones en mi Toscana y no en Arabia Saudita o en Afganistán?». Y le digo: «Venga cuando quiera. Mi Toscana es su Toscana y mi casa, su casa. My home is your home».

El motivo final de mi dilema radica en los términos con los que Bush y Blair y sus consejeros definen esta guerra. «Una guerra de liberación, una guerra humanitaria para llevar la libertad y la democracia a Irak».

Pues no, queridos señores, no. El humanitarismo no tiene nada que ver con las guerras. Todas las guerras, incluso las justas, incluso las legítimas, son muerte y desgracia y atrocidad y lágrimas. Y ésta no es una guerra de liberación (ni siquiera es una guerra por el petróleo, como muchos sostienen. Contrariamente a los franceses, los americanos no necesitan el petróleo iraquí). Es una guerra política. Una guerra hecha a sangre fría para responder a la Guerra Santa que los enemigos de Occidente declararon el 11-S. Es una guerra profiláctica. Una vacuna, como la vacuna contra la polio y la varicela, una intervención quirúrgica que se abate sobre Saddam Hussein, porque entre los diversos focos cancerígenos, Saddam Hussein es el más obvio. El más evidente y el más peligroso. Además, Saddam constituye el obstáculo (piensan Bush y Blair y sus consejeros) que, una vez retirado, les permitirá rediseñar el mapa de Oriente Próximo. Es decir, hacer lo que los ingleses y los franceses hicieron tras la caída del Imperio Otomano. Rediseñar y difundir una pax romana, perdón, una pax americana, donde reinen la libertad y la democracia. Donde nadie moleste con atentados ni matanzas. Donde todos puedan prosperar, vivir felices y contentos. Tonterías. La libertad no se puede regalar, como un trozo de chocolate, y la democracia no se puede imponer con ejércitos. Como decía mi padre, cuando invitaba a los antifascistas a entrar en la Resistencia, y como digo yo cuando hablo con los que creen honestamente en la pax americana, la libertad tiene uno que conquistarla.

La democracia nace de la civilización y, en ambos casos, hay que saber de qué se trata. La Segunda Guerra Mundial fue una guerra de liberación no porque regalase a Europa dos trozos de chocolate, es decir dos novedades llamadas libertad y democracia, sino porque las restableció. Y las restableció porque los europeos las habían perdido con Hitler y Mussolini. Pero las conocían bien y sabían de qué se trataba. Los japoneses, no. Estoy de acuerdo. Para los japoneses los dos trozos de chocolate fueron un regalo que les reembolsaba, sobre todo, Hiroshima y Nagasaki. Pero Japón ya había iniciado su marcha hacia el progreso, y ya no pertenecía al mundo que en «La rabia y el orgullo» llamo La Montaña. Una montaña que, desde hace 1.400 años no se mueve, no cambia, no emerge de los abismos de su ceguera. En definitiva, el Islam. Los modernos conceptos de libertad y democracia son absolutamente extraños al tejido ideológico del Islam, totalmente opuestos al despotismo y a la tiranía de sus estados teocráticos. En ese tejido ideológico es Dios el que manda, es Dios el que decide el destino de los hombres y de ese Dios los hombres no son hijos, sino súbditos y esclavos. Insciallah -lo que Dios quiera-, Insciallah. Es decir, en el Corán no hay lugar para el libre albedrío, para la elección y, por lo tanto, para la libertad. No hay lugar para un régimen que, al menos jurídicamente, se basa en la igualdad, en el voto, en el sufragio universal, es decir, no hay lugar para la democracia. De hecho, los musulmanes no entienden estos dos conceptos modernos. Los rechazan e invadiéndonos, conquistándonos, los quieren borrar incluso de nuestra vida.

Apoyados en su profundo optimismo, el mismo optimismo con el que en Fort Alamo combatieron con tanto heroísmo y terminaron todos masacrados por el general Santa Ana, los americanos están seguros de que en Bagdad serán acogidos como en Roma y en Florencia y en París. «Nos aplaudirán, nos echarán flores», me dijo, todo contento, un cabeza de huevo de Washington. Quizá. En Bagdad puede pasar de todo. ¿Y después? ¿Qué pasará después? Más de dos tercios de los iraquíes que en las últimas elecciones dieron 100% de los votos a Saddam son chiítas que, desde siempre, sueñan con establecer la república islámica de Irak. Y en los años '80, incluso los soviéticos fueron bien acogidos en Kabul. También los soviéticos impusieron su pax con el ejército. Convencieron a las mujeres de quitarse el burka, ¿recuerdan? Pero 10 años después, tuvieron que irse y ceder el sitio a los talibanes. ¿Y si, en vez de descubrir la libertad, Irak se convirtiese en un segundo Afganistán? Pregunta: ¿y si en vez de descubrir la libertad, todo el Oriente Próximo saltase por los aires y el cáncer se multiplicase? De país en país, como una especie de reacción en cadena... Como occidental orgullosa de su civilización y, por lo tanto, decidida a defenderla hasta el último suspiro, en ese caso tendré que unirme sin reservas a Bush y a Blair, atrincherados en un nuevo Fort Alamo. Sin repugnancia, debería luchar y morir con ellos. Es lo único sobre lo que no tengo duda alguna.

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