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El 9 de noviembre de 1965, un importante corte de electricidad sumergía en la oscuridad a los 30 millones de personas que habitaban siete estados del nordeste del país y una parte de Canadá.
Ese martes, a las 17H16 GMT, una interrupción eléctrica cerca de la frontera canadiense detonó una brusca recarga eléctrica. En doce minutos, unos 128.000 km2 no tuvieron más luz que la proyectada por la luna llena. Pero los neoyorquinos guardan un excelente recuerdo de este apagón que duró unas doce horas.
La oscuridad acerca a las personas, pero no hasta el punto de provocar nueve meses más tarde un notorio aumento de los nacimientos, como lo quisiera la leyenda. Los registros de estado civil lo demuestran.
«Creo que Nueva York presentó su mejor lado», declaró años más tarde Robert Wagner, quien fue alcalde de la ciudad durante esa época. De hecho, este corte de energía permitió a las personas, sobre todo, demostrar su sentido de la solidaridad. Algunos improvisaron como agentes de tránsitouna vez que los semáforos dejaron de funcionar.
Los pasajeros del metro -en total 800.000 personas resultaron bloqueadas en los transportes comunes-compartieron los víveres disponibles, mientras que las grandes tiendas organizaron comidas y acostaron a los clientes más frágiles en las camas de sus vitrinas.
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