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Al menos ésa es la teoría especulativa que está formulando la línea dura en el gabinete de Bush, como parte de su campaña para persuadir al presidente a dirigir hacia Bagdad su guerra contra el terrorismo. Si se demostrara un nexo directo entre Irak y Al-Qaeda o, más aún, que Saddam hubiera sido cómplice en los ataques del 11 de setiembre, la línea dura tendría una razón contundente para lanzar una guerra de inmediato.
En un contexto en el que los aliados de EE.UU. prefieren guardar distancia, los republicanos más prudentes instan al comedimiento y la opinión pública se muestra inquieta ante los planes belicistas, la línea dura hizo correr rumores de una alianza entre Saddam y Bin Laden. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, afirmó que Saddam protege a «efectivos de Al-Qaeda que están dispersos en varias poblaciones iraquíes, y me parece difícil creer que Bagdad no sepa lo que está ocurriendo dentro de su país». Otro funcionario del Ministerio de Defensa declaró al diario «The Washington Post» que entre estos efectivos «hay varios nombres conocidos», una aseveración peculiar cuando el único nombre que la opinión pública conoce es el de Bin Laden. Fuentes del Pentágono filtraron que el gobierno estadounidense había considerado un plan para enviar comandos al norte de Irak, una región dominada por los kurdos, aunque al final decidió no hacerlo. El objetivo habría sido destruir un laboratorio clandestino de armas químicas en poder de Ansar al-Islam, un minúsculo grupo fundamentalista cuyas filas posiblemente se están engrosando con militantes de Al-Qaeda que huyeron de Afganistán.
Para quienes quieren promover la invasión estadounidense de Irak, estos datos son prueba suficiente de la conspiración. Rumsfeld insinuó que el obtener pruebas definitivas de este vínculo es sólo cuestión de tiempo: «Tal vez valga la pena discutir esta cuestión en público, aunque no ahora».
Por lo pronto, las sospechas sobre una alianza Bagdad-Bin Laden son sospechas y nada más, donde los mismos datos se reinterpretan periódicamente.
¿Por qué, entonces, la línea dura del gobierno afirma que sí lo están? Un funcionario del Pentágono concuerda en que docenas de refugiados de Al-Qaeda están en Irak, incluyendo «nuevos efectivos de nivel medio», pero según un alto oficial de inteligencia «Irak no está ocupando el lugar de Afganistán como santuario de Al-Qaeda». Muchos de los refugiados son fundamentalistas kurdos que vuelven a su país natal, o árabes afganos, quienes se han infiltrado en norte de Irak, un territorio dominado por los kurdos. Esta es una región sobre la que Bagdad no tiene control al quedar en la zona de no vuelo que estableció EE.UU. desde la Guerra del Golfo. Funcionarios de inteligencia declararon que aunque posiblemente Bagdad sabe de su presencia, no hay pruebas de que Saddam tenga contactos sustantivos con ellos.
Ultimamente, la línea dura de Washington ha concentrado sus ataques verbales en Ansar Al-Islam, una organización extremista que, según los
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