Junto al comedor, en un cubículo donde apenas cabe una persona, Mayra tiene una cocina de dos hornillos de querosén. Pese a estar apagada, un fuerte olor a combustible impregna el ambiente. El propio Castro habló de ese tema cuando anunció las innumerables ventajas económicas que supondrá para la isla el reparto de ollas, hasta ahora vedadas.
Las ollas eléctricas para cocer arroz, que Castro califica ahora de «genio» y ordenó su venta a las familias cubanas, estaban igualmente vedadas.
Pero Castro pretende no sólo desterrar cocinas de querosén y de gas de garrafa, sino también las ancianas heladeras norteamericanas -«devoradoras energéticas»- y a las lamparitas incandescentes.
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