Nueva York - En la primavera (boreal) de 2006, tercer aniversario de la guerra de Irak, Bush creyó llegado el momento de someter la permanencia de Donald Rumsfeld en el Pentágono a una especie de referéndum interno. A los postres de una cena privadísima en la Casa Blanca, a la que asistieron los hombres y mujeres de confianza del presidente, llegó el momento de votar a mano alzada. Condoleezza Rice levantó la mano contra Rumsfeld, y lo mismo hicieron otros seis miembros de la camarilla de Bush. El presidente, sin embargo, se pronunció a su favor, junto con su ex asesor Karl Rove y el consejero de Seguridad, Stephen Hadley.
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La votación fue al final papel mojado: Bush mantuvo a Rumsfeld en su puesto hasta que la debacle republicana en las elecciones legislativas lo hicieron «insostenible».
Durante esos seis meses, la otra guerra de la administración Bush -la librada entre los poderosos egos de su camarilla- llegó a su momento más caliente desde los prolegómenos a la invasión de Irak.
Cebos
Los detalles ocultos de esos combates a puerta cerrada afloran ahora en un libro, «Dead Certain» («Completamente seguro»), escrito por un confidente de talante conservador, Robert Draper, que trata con guante blanco al presidente. Aun así, Draper sirve en bandeja algún que otro cebo para los detractores de Bush, al que acusa de hacerse el sordo y lavarse las manos ante el olor inequívoco de la dinamita.
De Rove sabemos que no sintió nunca simpatía por Dick Cheney y que tragó saliva cuando Bush decidió nombrarlosu vicepresidente. Aparte de contrarrestar las maniobras en las sombras de Cheney, la función de Rove consistió mayormente en «intimidar» a unos y otros, según revela Draper. El jefe de Personal de Bush, Joshua Bolten, el otro gran «superviviente», acusa en el libro a Rove de «hacer siempre demasiado y por cuenta propia, saltando con paracaídas en el Capitolio cuando le convenía».
Rove salió casi siempre victorioso en las batallas internas, y su víctima más sonada fue el ex asesor Dan Bartlett, que hizo las maletas el verano ( boreal) pasado. El cerebro de Bush perdió sin embargo su última pulseada, la librada con Bolten, que ahora tiene en sus manos la labor de reconstruir la administración Bush desde los rescoldos.
Aunque Bush aparece del todo ajeno y distante a las guerras que se libran a sus espaldas, «Completamente seguro» -el título hace referencia a ese aire de total certidumbre con el que el presidente arropa todas sus decisiones- es por lo demás bastante benigno con el inquilino de la Casa Blanca, que concedió nueve horas de sucesivas entrevistas para la elaboración del libro.
Confesión
«He derramado más lágrimas de las que nadie puede contar como presidente», confiesa Bush a la hora de abordar la cuestión de la guerra y las víctimas de Irak. «Pero tengo el hombro de Dios para llorar, y he llorado mucho.» Bush afirma que está convencido de que lo peor ha pasado y que las cosas sólo pueden mejorar en Irak.
«No tengo mucho tiempo para pensar en lo que queda de presidencia, lo que sí sé es que pienso ir al sprint», asegura Bush, que admite su debilidad -casi obsesiva- por andar en bicicleta. El presidente está pensando ya en su legado, en lo que cobrará por dar discursos y en lo que hará para combatir el aburrimiento a partir de enero de 2009. Se instalará en Dallas, se escapará frecuentemente al rancho de Crawford y, entre una cosa y otra, creará el Instituto de la Libertad.
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