El crecimiento de la ultraderecha francesa provocó furia en amplios sectores sociales.
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Junto al grito penetrante de «¡si lo hubiéramos sabido!», esa reacción parece ser la mejor que la democracia francesa puede ofrecer inmediatamente después de la solapada victoria parcial de Le Pen.
Mientras algunos recuerdan con urgencia la peste parda del nazismo, y otros incluso aspiran a participar en batallas callejeras similares a las de Berlín en los años '30, Francia finalmente halló una misión política: asegurar la demonización de Le Pen. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales del domingo se ha transformado en un referéndum sobre Le Pen , y la esperanza es que se convierta en un sonoro Por noble que sea esa misión, no da en el blanco. Le Pen es un síntoma, y no la causa de la enfermedad que padece Francia. Rechazarlo es un tónico necesario y estimulante, pero el antifascismo es la parte fácil. Mientras se apresuran para mejorar su suerte en la campaña de las cruciales elecciones legislativas del 9 y 16 de junio, el espectro del éxito de Le Pen evitó a los partidos políticos tradicionales franceses la necesidad de presentar un mensaje coherente de cambio. En los próximos años tendrán que soportar una profunda convulsión social, a menos que escarben en el problema e indaguen en la distancia que los separa de las inquietudes de los electores.
La postura del «no pasarán» omite la realidad de que los resultados electorales son menos una victoria de la extrema derecha que una derrota de los partidos tradicionales. El Frente Nacional y el Movimiento Nacional Republicano, escindido de aquél en 1999 y liderado por Bruno Mégret, ex lugarteniente de Le Pen, reunieron en conjunto 900.000 votos más de los que consiguió Le Pen la última vez. Pero los socialistas del primer ministro Lionel Jospin perdieron 2,5 millones de votos. El Partido Comunista, mayor que el socialista hace 30 años, prácticamente se auto-destruyó, tras perder más de 1,6 millón de votantes desde 1995 y obtener un lastimoso 3,37 por ciento de los votos. El avance de casi 500.000 votos por parte de los verdes no alcanza para neutralizar la debacle sufrida por la «izquierda pluralista» de Jospin.
Chirac tampoco puede cantar victoria. Si sumamos su desempeño al de los candidatos conservadores François Bayrou y Alain Madelin, aun así obtenemos una caída catastrófica de 4,5 millones de electores para la derecha parlamentaria. «Estas elecciones representan un movimiento de rechazo» , según Pascal Perrineau, director del Centro para el Estudio de la Vida Política Francesa. El grupo que más avanzó en los comicios fue el de la abstención. Sólo un tercio de quienes se molestaron en votar lo hicieron por los partidos de Chirac y Jospin que, según Perrineau, son vistos como «tecnócratas y alejados de la gente». ¿Y el resto? «Un tercio del electorado votó por gente sin proyecto político y que defendían la dictadura del proletariado, la salida de Europa o, en el caso del partido por la caza (de Gilles Saint-Josse), nada en absoluto», asegura. «Es un voto de odio y resentimiento, y revela que la sociedad francesa está en pésimo estado.»
Los socialistas y el neogaullista RPR de Chirac deben asumir su propia responsabilidad por la vergonzosa situación que atraviesa Francia. Si algo está claro es que la izquierda, vencida y a la deriva desde que Jospin anunciara su retiro de la vida política en la noche de las elecciones, se llevará la peor parte. Sus pérdidas sin precedentes sugieren a muchos observadores que el gobierno, los encuestadores y la prensa vivían en un mundo de fantasía. «Hasta el domingo pasado sentías que Francia se adaptaba al mundo moderno con menos víctimas que en otros lados», dice Claude Askolovitch, que escribió un libro sobre el Frente Nacional y una biografía de Jospin. «Pero ahora parece que sufrimos tanto como el resto y no nos dimos cuenta.»
¿Cómo pudo ser? Parte del problema, argumenta Askolovitch, fue que los socialistas y sus socios pergeñaron sus políticas en los recintos cerrados de los consejos de gobierno, y no en debates públicos. «Jospin presidió sobre una especie de izquierda a la María Antonieta, con dirigentes que se trasladan en taxi y jamás experimentaron la odisea que es viajar en autobús hoy en día», dice el filósofo Alain Finkiel-kraut. «Ellos consideraban a los perpetradores de delitos en Francia como víctimas del sistema. Es la fanática resistencia de la ideología ante la realidad.»
Ahora que todos buscan un chivo expiatorio, muchos en la izquierda aseguran que el problema de la delincuencia fue una invención demagógica de la prensa, de Chirac o de su antiguo compañero Jean-Pierre Chevènement, cuyo Movimiento Ciudadano, de izquierda nacionalista, recibió 5,33 por ciento de los votos. Al exagerar el problema, según este argumento, abonaron el terreno para la virulenta semilla xenófoba de Le Pen.
Aunque mortalmente debilitados, los socialistas siguen siendo la base de la izquierda, y saben que deberán aferrarse a otros sectores izquierdistas para evitar una desbandada en los comicios legislativos. Durante los cinco años del gobierno de Jospin, la fórmula ingeniosa del éxito fue la
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