Aquí en el Norte, en territorio kurdo, somos unos 150.
Ahora es impensable imaginar a un periodista que no lleve en el bolsillo un sofisticado Thuraya o uno de esos Thrane, que hasta conectan tu ordenador portátil con la computadora de la redacción. A pesar de eso, las cosas no cambiaron mucho. Arnett y yo, que bajamos a Bassora con los iraquíes, subimos a Suleimaniya y éramos conducidos ipso facto por nuestros guías-controladores a cualquier escuela, hospital o casa donde cayera un misil extraviado, no vimos durante los 55 días que duró el conflicto ni un solo soldado iraquí muerto.
Lo que no filmamos ni describimos fueron los miles de soldados enterrados en la arena, las decenas de miles de militares mutilados por la metralla y los más de 100.000 reventados por la acción combinada de la artillería y los aviones B-52.
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