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Su durísima inquisición pretende demostrar que, además de traicionar sus orígenes, el diario francés ha acumulado tanto poder e incurrido en tales prácticas que se ha convertido en una verdadera amenaza para la institucionalidad democrática de Francia.
He leído (con esfuerzo) las 634 páginas del volumen y esta tesis no sólo no está probada en ellas: a menudo, el tipo de argumentación que pretende justificarla resulta autodestructiva.
El libro de Péan y de Cohen enumera muchos casos en los que, por antipatía personal, descuido, cálculo comercial o prejuicio político, «Le Monde» hizo daño, ofendió y causó perjuicios, a veces grandes, a determinadas personas.
Estoy seguro de que, en muchos de los casos citados, esto es cierto, y, por supuesto, criticable y lamentable. No debería ser así, desde luego, y ese género de abusos, que por desgracia son tan frecuentes, es bueno que sean denunciados y -si ha lugar- sancionados por la Justicia, o, por lo menos, por la opinión pública.
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