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17 de marzo 2008 - 00:00

Tíbet, la convulsión menos esperada

Las protestas de tibetanos se propagaron ayer en China y se reportaron siete manifestantes muertos en Sichuan (sudoeste), tras una represión que ya dejó al menos 80 muertos en Lhasa, la capital de la Región Autónoma de Tíbet. Esta seguía cerrada a los turistas y tomada por las fuerzas de seguridad chinas. Desde su exilio en Dharamshala (norte de India), el Dalai Lama, líder espiritual de los budistas tibetanos, denunció la represión, pero afirmó que los Juegos Olímpicos de agosto en Pekín no deben ser boicoteados por la comunidad internacional.

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Pekín - La propaganda del régimen comunista de Pekín asegura que el Ejército chino «liberó» el Tíbet en 1950. Un curioso eufemismo para referirse a una invasión en toda regla, ya que esta idílica región del Himalaya había permanecido independiente desde la caída de la dinastía Qing, en 1911.

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Con el fin de la Guerra Civil (1945-49) y el triunfo de las tropas comunistas de Mao Tsé Tung, China volvió a recuperar su poderío de antaño y el Tíbet cayó pronto en sus manos de nuevo. Como las demás regiones fronterizas del imperio chino, esta vasta región, de 1,2 millón de kilómetros, había gozado de más o menos libertad dependiendo de la fortaleza de sus vecinos, que lo ocupaban o abandonaban según su poder.

No obstante, el rey tibetano Songtsen Gampo fue temido en el siglo VII, cuando las creencias budistas procedentes de la India ya se habían asentado por todo el país.

En 1641, la secta «gelugpa» de los monjes de los Gorros Amarillos se impuso a sus rivales de los Gorros Rojos. Por la influencia mongola, su cabecilla adoptó el título de Dalai Lama (Océano de Sabiduría) y desde entonces sus reencarnaciones aúnan el poder político y el religioso en el Tíbet.

Debido a esta fuerte teocracia y a su aislamiento, la sociedad tibetana es una de las más atrasadas y feudales, pero también una de las más piadosas, porque los principios básicos del budismo, como la compasión y el respeto a la vida, rigen la vida de sus ciudadanos.

Este oasis de espiritualidad empezó a desintegrarse cuandoel Ejército chino ocupó el Tíbet en 1950, se lo anexionóun año después y, sobre todo, cuando en 1959 sofocó una revuelta que obligó al Dalai Lama a exiliarse en Dharamsala (India).

Precisamente, ha sido el 49º aniversario de dicha huida, que se conmemoró el lunes, lo que ha hecho saltar la chispa de la rebelión. Pero lo que subyace tras esta nueva «Revuelta Azafrán», similar a la que sacudió a Birmania en setiembre del año pasado, son 58 años de ocupación china que han costado la vida a cientos de miles de personas y han supuesto un auténtico «genocidio cultural», al destruirse buena parte de su patrimonio histórico y erradicarse sus costumbres.

A cambio, Pekín ha desarrollado la región a base de carreteras, aeropuertos y un «tren del cielo» que es un prodigio de la ingeniería, pero que ha traído a la mitad de los cuatro millones de turistas que visitaron la región el año pasado y ha acelerado la colonización de la etnia han, la mayoritaria en China, frente a los tibetanos.

Así, los han controlan la administración, los comercios, los mejores empleos y son los principales beneficiarios de los hospitales, escuelas, restoranes y karaokes que han proliferado por las ciudades, mientras 80% de los 2,7 millones de tibetanos subsiste a duras penas de la agricultura y la ganadería.

Organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional (AI), el Comité de Apoyo al Tíbet (CAT), Reporteros sin Fronteras (RSF) y el movimiento Falun Gong han alzado su voz en protesta contra de la impunidad de las violaciones de los derechos humanos en China y Tíbet.

«La violación de los derechos humanos que preocupa a Amnistía Internacional en Tíbet incluye el apresamiento de presos de conciencia y otros presos políticos como resultado de juicios injustos», según un informe de esa ONG.

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