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10 de enero 2007 - 00:00

Un sobreviviente de la Guerra Fría

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Managua - Fue la foto que hubiera retorcido en su tumba a Ronald Reagan. Pocos días después de la victoria electoral del nuevo presidente de Nicaragua, el secretario de Estado adjunto para el Hemisferio Occidental, Thomas Shannon, posaba abrazado y sonriente junto a Daniel Ortega. Pero la instantánea con el ex guerrillero apenas alteró a nadie desde que el país centroamericano dejó de ser el campo de pruebas estadounidense y Ortega ya no viste verde oliva. Ahora, predica reconciliación por donde quiera que va.

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Dieciséis años y tres derrotas electorales después, con más canas, pero con su eterno bigote, Daniel Ortega Saavedra vuelve al poder oficialmente hoy, después de su contundente victoria electoral del pasado 5 de noviembre. Su regreso, sin embargo, es el de un hombre nuevo que nada tiene que ver con el pasado. Ha sido guerrillero, comandante del Ejército, presidente (1979-1990), líder de la oposición y ahora, de nuevo, jefe de gobierno por la vía de las urnas. Pocas personalidades del continente presentan un currículum tan variado y pocos también muestran un viraje ideológico más evidente. Con 61 años recién cumplidos, insiste en su combate contra la pobreza, pero ahora predica con entusiasmo «la paz y el amor», se ha reconciliado con la Iglesia, los Estados Unidos, el FMI (Fondo Monetario Internacional) y se ha visto obligado a hacer equilibrios entre sus viejos amigos de la izquierda y las ataduras heredadas de los últimos gobiernos ultraliberales. El suyo es el regreso de uno de los símbolos vivos de la Guerra Fría, término del que, en esta parte del planeta, sólo se acuerdan los familiares de los más de 50.000 muertos que dejó una década de conflicto.

Como no podía ser de otra manera para un guerrillero, el nuevo presidente de Nicaragua nació en un lugar llamado La Libertad, región de Chontales, en el seno de una familia humilde que había luchado junto al mítico Augusto César Sandino. Los estadounidenses, que siempre quitaron y pusieron gobiernos peleles, apoyaban al tirano Anastasio Somoza.
Dos de los hermanos de Daniel murieron en medio de las graves carencias sanitarias que hoy se repiten de forma dramática a lo largo del país.

Agitador precoz y entregado a las armas, con apenas 20 años ya era comandante y estaba encargado de sabotajes y atracos contra la dictadura. En 1979, era uno de los nueve mandos sandinistas que entraban en Managua en medio de una gran fiesta popular.

Daniel Ortega se alzaba con el poder por la vía de las armas y al frente de un país expoliado por los Somoza, destrozado por la guerra y abandonado a su suerte por las potencias. La caridad internacional, de la que sigue viviendo hoy el país, fue la única salvación para paliar las necesidades más acuciantes. Un gobierno caótico y el acoso de la contra marcó el resto de su desastrosa gestión durante la década del 80.

La decepción definitiva llegó con la piñata sandinista: Ortega y los suyos arramblaron con todo y se lo repartieron hasta convertirse en empresarios. La rapiña redujo el movimiento que un día ilusionó a medio continente a unas siglas, símbolos e iconografía rojinegra.

Pero la mutación definitiva llegó a partir de 2000 cuando abandonó el lenguaje revolucionario, escenificó su conversión en un templo evangélico y cambió el rojinegro sandinista por el rosa. Su pacto con el corrupto Arnoldo Alemán terminó de darle 38% de los votos necesarios para proclamarse, en 2006, presidente en la primera vuelta.

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