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6 de noviembre 2008 - 00:00

Una marea irresistible barrió Estados Unidos

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Nueva York (enviado especial) - El desempeño de los candidatos corroboró que, en el extenso territorio de Estados Unidos, hay distritos que mantienen una tradición de voto extremadamente estable, al punto de que en muchos de ellos uno de los dos partidos se resigna y reduce al mínimo el gasto proselitista. En el extremo demócrata, en Washington DC, la victoria fue de 93% para Barack Obama contra apenas 7% para John McCain. El republicano obtuvo su mejor cosecha en Oklahoma y Wyoming, con 66,6% contra 33,3% del ahora presidente electo.

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Un resultado en el orden de 62% para el ganador y 38% para el derrotado no es sorpresivo en la mayoría de los estados. Es ley, y quedó corroborado el martes, que los republicanos ganan con cerca de seis de cada diez votos en Texas (su gran bastión), Oklahoma, Kansas, Nebraska y Dakota del sur. Frente al mapa, esos estados marcan la columna vertebral del país. Del mismo color se tiñen irremediablemente Kentucky, Mississippi, Louisiana, Tennessee, Alabama y Virginia occidental, en el centro-este del territorio, y Wyoming, Idaho, Arizona y Utah en el centrooeste. Los territorios republicanos son por lo general más extensos que los demócratas, pero con menor densidad poblacional, lo que reduce su peso en el Colegio Electoral. Los conservadores cuentan con la ventaja de que tres de los distritos más poblados y de tendencia demócrata, Illinois, Nueva York y California, están subrepresentados en el número de delegados en el colegio. Además, California se destaca porque muchos de sus habitantes no pueden sufragar por ser inmigrantes, por ejemplo

  • Sesgo

  • También padecen ese sesgo en contra el republicano Texas y Florida, el martes demócrata, entre los más poblados. En todos ellos se necesitan más de 410.000 ciudadanos con derecho a votar para elegir un delegado. En la columna vertebral republicana esa cifra promedia los 320.000. El extremo inferior lo representa el conservador Wyoming, con 134.000 posibles votantes por delegado. Del lado demócrata, sacan ventaja de este desnivel Rhode Island, Washington DC y Vermont ( entre 147.000 y 192.000 votantes por delegado).

    Los demócratas por su parte cuentan entre los seguros a muchos estados del nordeste vecinos a Nueva York, como Nueva Jersey y Connecticut, y Oregon en el margen occidental.

    Esta hegemonía no se traslada necesariamente a la elección de autoridades locales (gobernadores, intendentes) e incluso legisladores, especialmente para el Senado, donde las disputas son más ajustadas. Casos testigo son Arnold Schwarzenegger como gobernador de California y Rudolph Giuliani y Michael Bloomberg como sucesivos alcaldes de Nueva York.

    El mapeo electoral permite mayores precisiones. En la elección para la legislatura del estado de Nueva York, en algunas circunscripciones se dieron extremos de 98%, a 2% a favor de candidatos demócratas. En Oklahoma, la ventaja republicana para la legislatura local trepó en algunos distritos hasta 83,8% sobre 16,2% del postulante opositor. Allí, la candidata a vicepresidente Sarah Palin fue muy bien valorada por un inmenso porcentaje que le atribuyó condiciones conservadoras. En los círculos liberales, la gobernadora de Alaska es, por el contrario, tomada para la chacota.

    Entre una gran cantidad de encuestas, la cadena Fox informó, por ejemplo, que 17% de los que optaron por Bush en 2004 cruzaron de vereda.

    Un capítulo aparte merece la forma en que los canales de televisión abiertos y los de noticias por cable desmenuzaron el voto en la noche electoral, con un brillante despliegue gráfico y capacidad de análisis. Así, para eludir la imposibilidad de anticipar encuestas a boca de urna antes del cierre de las mesas, exhiben resultados de las respuestas ante preguntas como: «¿Usted cree que el país va por el camino correcto (bajo la administración Bush)?». La repuesta negativa fue de 79%. Con ese número, una victoria de McCain hubiera sido milagrosa. O «¿Qué factor motivó su voto en esta elección?». El valor más mencionado fue «cambio». A medida que fueron cerrando los estados del Este, periodistas y analistas compararon de inmediato los resultados a boca de urna con el voto emitido en la elección anterior. Acto seguido, desagregaron los números por clasificaciones de todo tipo (color, género, edad, ocupación, origen, religión, primeros votantes) y proyectaron el análisis sobre el componente sociológico de otros estados. Si el recuento de votos resultaba muy ajustado en un distrito, lo desmenuzaron para proyectar en qué zona se encontraba más lento el escrutinio y lo ponderaban con el peso que ese sitio tenía en el cómputo general. De esta forma, evitaron las trampas para violar la veda del estilo de «candidato A» y «candidato B», los comentarios intrascendentes, la reiteración de las imágenes del momento en que votaron los candidatos, los chistes y los análisis apresurados.

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